La continuidad de la Iglesia

Publicado el 25/12/2024 a las 05:00
En 2024 ha venido siendo noticia el conflicto que la Comunidad de Clarisas del convento de Belorado tenía con el Arzobispo de Burgos. Todo apuntaba a un desacuerdo motivado por una operación inmobiliaria que venía de años atrás. Pero, para sorpresa de todos, detrás había una discrepancia ideológico-religiosa bastante seria.
El 13 de mayo hicieron público un “Manifiesto Católico” en el que expresaban la voluntad de separarse de la jerarquía eclesiástica local y de Roma y se ponían bajo la autoridad del “falso obispo” Pablo de Rojas, excomulgado en 2019. En dicho Manifiesto se alinean con el sedevacantismo, movimiento al que pertenecía De Rojas y de ese movimiento siguieron recabando la atención espiritual. Los sedevacantistas mantienen una actitud inmovilista respecto a los cambios introducidos por el Concilio Vaticano II, niegan la autoridad de todos los Papas posteriores a Pío XII y afirman que la sede papal está vacante. Por ello, en el Manifiesto se declaran pertenecientes a la Iglesia preconciliar.
La Conferencia Episcopal Española emitió un comunicado lamentando “profundamente la declaración de ruptura de la comunión con la Iglesia Católica”. Porque ¿puede haber una Iglesia preconciliar y otra postconciliar? Algunas reflexiones al respecto.
La forma en que el Papa ejerce su misión cuando surgen desacuerdos entre los cristianos en materia de fe no siempre ha sido la misma. Pero el Papa Juan Pablo II pidió encontrar otra forma de ejercer el primado papal que, sin renunciar a lo esencial de su misión, se abriera a una situación nueva. Algunos propusieron, y proponen, que el poder del Obispo de Roma no debería exceder de lo necesario para el ejercicio de su ministerio de unidad a nivel universal buscando una comunión perfecta y total. En este marco hay que conjugar tres ideas. La primera, que el Papa está dentro de la Iglesia y no por encima de ella: es creyente con todos los fieles. La segunda, que está también “frente a” la iglesia, investido de una autoridad que representa, en medio de la comunidad, algo previo e indeducible de ella. Y tercera, que es ”Siervo de los siervos de Dios”, ya que en la iglesia se ejerce la autoridad desde la condición de siervo.
Los obispos no son delegados del Papa. Son los sucesores de los Apóstoles, Vicarios de Cristo. Deben escuchar el testimonio de la iglesia. Su misión de enseñar, regir y santificar. El Papa, Obispo de Roma y sucesor de San Pedro es el “Principio y fundamento perpetuo y visible de unidad”, tanto de los obispos como de los fieles. Tiene, como Pastor de toda la Iglesia, la potestad plena, suprema, y universal.
En un Concilio la asamblea de autoridades religiosas, en su mayoría obispos, delibera y decide sobre temas doctrinales. En la Iglesia ha habido 21 concilios ecuménicos. Los tres últimos, el Concilio de Trento (s.XVI), el Vaticano I (s.XIX) y el Vaticano II (s.XX).
El Concilio de Trento, históricamente muy relevante por definir grandes puntos doctrinales de la Iglesia Católica en contraposición al protestantismo que se venía gestando desde el s.XIV apoyado por la filosofía subjetivista de G.Ockham.
En el Vaticano I se condenaron las filosofías del panteísmo, ateísmo, racionalismo y fideísmo. Se pensaba tratar también la relación del Papa con los obispos pero la guerra franco-prusiana de 1870 llegó al Vaticano y se tuvo que suspender el concilio. Se retomó el tema en el Vaticano II.
En el Vaticano II se trataron las “relaciones” (término muy importante en filosofía y teología) que debe tener un obispo con lo demás obispos, con el Papa y con los curas. Al referirse a los laicos, dice que les corresponde, de un modo singular, orientar las realidades temporales a las que están directamente vinculados para que progresen conforme a Cristo. El Vaticano II, en los principios doctrinales, se sitúa en rigurosa continuidad con los concilios anteriores. Pablo VI lo clausuró en 1965 optando por la “vía del diálogo” para su puesta en práctica, en su Encíclica “Ecclesiam suam”,1964)
En relación al Vaticano II, el Papa Benedicto XVI, en un discurso a la curia romana en 2005, advirtió del riesgo de una ruptura entre Iglesia preconciliar y postconciliar desde una interpretación de la discontinuidad, de la ruptura. Afirmó que existía también una interpretación de la continuidad del único sujeto, la Iglesia, que se desarrolla en el tiempo a la vez que permanece el mismo. Es la interpretación de la reforma, de la renovación dentro de la continuidad de la Iglesia, sujeto histórico, el pueblo de Dios en camino.
En esta conjunción de continuidad y discontinuidad, en diferentes niveles, reside la naturaleza de la verdadera reforma: continuidad de los principios pero adaptando las formas a los nuevos contextos históricos. Por lo que considero un sinsentido declararse preconciliar, es decir, aceptar el concilio de Trento y el Vaticano I y rechazar el Vaticano II.
José Ignacio García Sanz es profesor de Filosofía.