"Todavía hay una Córdoba castiza, de un andalucismo seco y sentencioso, un poco brusco, una ciudad en la que perderse por calles y vericuetos"

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Pedro Charro

Actualizado el 08/12/2024 a las 23:05

Desde Madrid se llega en apenas dos horas a Córdoba en AVE -nosotros hemos evitado un tren así, que nos acerque- así que la ciudad está repleta estos días, la gente llena el barrio judío, como si fuera a sumarse a un progromo, antes de lanzarse a comer rabo de toro y en la Mezquita es imposible dar un paso sin darse un encontronazo o escuchar las conversaciones por el móvil del vecino, algo de lo que nadie se priva, a pesar de estar en un lugar de recogimiento, una lección de historia que merecería un poco de silencio, que es el gran ausente. 

Abderramán llenó este lugar para el rezo de los viernes con columnas y arcos de herradura superpuestos que recuerdan un bosque de palmeras, un edén, un canto a la geometría y las filigranas, y luego se plantó en medio una aparatosa catedral cristiana para que no quedara dudas de los nuevos amos. 

Así se ha construido el mundo, superponiendo una cosa sobre otra, los capiteles y columnas de las mezquitas saqueados de templos romanos y restos visigodos, los edificios levantados con piedras que antes han sostenido otras creencias, lo mismo que la Roma cristiana se alza sobre la pagana, todo es una mezcla de luces y sombras, credos y culturas que coexisten, luchan, se sustituyen y demuestran la complejidad del mundo, la rueda que gira y que nos hace ser lo que somos, salvo que uno crea que viene directamente de la mano de Irulegui. 

Todavía hay una Córdoba castiza, de un andalucismo seco y sentencioso, un poco brusco, una ciudad en la que perderse por calles y vericuetos, con naranjos en sazón, patios con geranios y un canario que canta y el Guadalquivir que pasa bajo el puente, donde aparece de pronto la sombra estoica, senequista, de la ciudad: un camarero que sentencia, un tipo parado en un quicio que replica con sorna, los mismos nombres de los sitios, no en vano su cementerio se llama “de la salud”, nada menos, como si se riera de nuestra ansia de evitar lo inevitable. ¡Vamos a conocer Córdoba!, vocea un cochero junto a su carruaje, arrogante, como si fuera ahora o nunca.

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