"Se oían los balidos de unas ovejas que no se veían y los grandes robles desnudos se recortaban como fantasmas, hasta que lo que apareció fue el gran árbol que buscábamos"

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Pedro Charro

Actualizado el 01/12/2024 a las 23:37

Había niebla el día que fuimos a ver el gran árbol y el sol, allí arriba, libraba su batalla queriendo deshacerla, se colaba de vez en cuando y volvía a desaparecer, y cuando comenzamos a andar casi habían hecho tablas, pero todavía la niebla era la dueña del paisaje. Allí cerca se oían los balidos de unas ovejas que no se veían y los grandes robles desnudos se recortaban como fantasmas, como apariciones, hasta que lo que apareció fue el gran árbol que buscábamos, solitario, imponente, como un gigante que se hace temer y parados junto a él pudimos ver de cerca su torturada figura, su tronco enorme que recordaba a una pata de elefante, sus ramas que se extendían hacia fuera como pidiendo socorro, las verrugas que le salían aquí y allá como si fueran viejas heridas que no se han curado del todo. 

Dicen que este árbol tiene más de mil años -tantos, pensé de pronto, como la misma Navarra, perdida también entre las nieblas del pasado- hace ya siglos era un pequeño brote que se salvó de milagro, esquivó a las cabras, venció la competencia y siguió hacia arriba, no fue talado de milagro para servir de mástil en un navío; los vientos, la niebla, la helada, la canícula, no pudieron con él, y ya de mayor reunió a hombres de toda laya, ocultó amantes, vivió crímenes, su ramas vieron cobijarse pastores, guerreros, santos y brujas, su raíces llegaron muy lejos bajo tierra y se comunicaron con una red que no sospechamos. 

En su tronco se grabaron promesas y nombres, con sus bellotas se alimentaron las bestias y los pájaros, junto a él cantó el ruiseñor, el petirrojo, un águila orgullosa se alzó de su copa y se dirigió a oriente. Un rayo lo alcanzó una noche y lo trasmochó impidiéndole seguir hacia arriba, un pintor se plantó frente a él y lo trasladó al cuadro, el poeta le dedicó encendidos versos, soportó embates y sequías, le rodeó una valla, pero todavía, cada otoño, el viejo árbol enrojece y va perdiendo sus hojas para afrontar de nuevo invierno, como un antepasado remoto que mira condescendiente nuestro breve paso por el mundo.

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