"Pasan los días y todavía no sabemos si habremos aprendido la lección, o también esa esperanza se la acabará llevando la riada"

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Pedro Charro

Actualizado el 17/11/2024 a las 22:08

En el mes de septiembre de 1985, la Ciudad de México tembló y un letal terremoto ocasionó entre quince y veinte mil muertos, nunca se llegó a saber bien. En los días siguientes, el escritor Carlos Monsiváis se lanzó a la calle para recorrer los lugares de la tragedia y hablar con la gente, y escribió una crónica titulada No sin nosotros. Los días del terremoto, en la que cuenta lo que vio, y lo que vio fue algo que nosotros podemos reconocer fácilmente por que acabamos de asistir a ello: la incompetencia de las autoridades, la lentitud de la burocracia, los intereses políticos antes que la ayuda, la inoperancia de una multitud de cargos y organismos paralizados, el burdo echarse la culpa unos a otros. 

Todo esto, en contraste con la autoorganización de la gente que se echó la calle para socorrer a sus vecinos y que mostró la humanidad y la compasión que brota en esos momentos y que es también, no menos, un sentimiento patriótico, de ciudadanía compartida, la constatación de que el dolor en Valencia no es algo algo ajeno en el resto de España. En 1985, Monsiváis cayó en la cuenta de que a partir de aquel desastre nacía la sociedad civil mexicana, que lo ocurrido no era en balde e iba a tener consecuencias políticas, que por encima de una sociedad atomizada surgía de pronto una comunidad que exigía cambios. 

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Desde aquel día de 1985, nada fue igual. A veces un accidente, una calamidad, desvela lo que estaba escondido y despierta a la gente. A veces algo imprevisto y repentino se convierte en un auténtico “acontecimiento”, es decir, algo a partir de lo cual las cosas emprenden un nuevo camino, algo que irrumpe y desmonta lo que parecía sólido e intocable: el descaro del poder, el conformismo de la gente, el alejamiento de la política, el vaciamiento de las instituciones que resultan vitales -la gente después de un tiempo, se retira- pero que están secuestradas por la incompetencia y el amiguismo. Pasan los días y todavía no sabemos si habremos aprendido la lección, o también esa esperanza se la acabará llevando la riada. 

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