Muerte bajo el barro

Publicado el 09/11/2024 a las 05:00
Cuando ha pasado una semana desde la riada que arrasó en Valencia 71 pueblos y algunos barrios de la capital, seguimos calculando los graves daños materiales producidos y dedicamos menos tiempo al dolor de la gente y de las familias, víctimas de la tragedia. Y puesto que, al parecer, no se va a declarar un día de luto nacional para que los españoles, sus conciudadanos, podamos acompañarles y recordar su memoria con las banderas con crespones negros y a media asta, merece la pena que cada uno cerremos los ojos y guardemos un minuto de silencio para compartir el dolor, ante tanto sufrimiento, demasiado sufrimiento. Han sido 219 muertos arrastrados por el agua y 93 desaparecidos. Y detrás cientos de familias que lloran en silencio, rememorando el rostro del hijo, del padre o madre que ya no volverán.
Niños como Izan y Rubén de cinco y tres años, desaparecidos en Masía del Torrent, Valencia. Estaban allí, abriéndose a la vida, junto a su padre, de cuyos brazos, aquel atardecer fatídico del 29 de octubre, los arrebató la riada y los arrastró ocultando sus cuerpos en la oscuridad del barro y la basura. Ciertamente se han celebrado funerales multitudinarios, como el que vimos el domingo día 3 de noviembre en la catedral de Pamplona. Pero al final, la tragedia humana sigue viva y se prolongará durante mucho tiempo o toda la vida para aquellos niños que esperaban angustiados aquella noche la vuelta de su madre del trabajo para que les diese la cena, y no vino y acabaron durmiéndose, agotados por el llanto y la tristeza. No la volverían a ver. O aquel otro niño que, llorando, abraza y besa la chaqueta de su padre. Y cuántos miles de personas han estado esperando noticias del esposo o esposa, del padre o la madre y al final no han llegado, han perdido toda la esperanza, tampoco están en la morgue, el barro los ha tragado.
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Los 10.600 millones de euros que el gobierno ha prometido para recuperar los locales de negocio, o las calles y carreteras y las escuelas e institutos, por un lado, y la ayuda económica de 60.000 mil euros por vivienda, la ayuda psicológica para quienes no logran superar la destrucción de su vida íntima son una buena noticia para volver a recomenzar la rutina de trabajo, de estudio o de ocio. Es decir, volver a la normalidad, a la vida cotidiana.
Sin embargo, quedan importantes lecciones para aprender de esta tragedia. Cuando el pueblo manifiesta su ira en la calle insultando a las autoridades que no reconocen sus errores, que intentan descargar la responsabilidad en otros o que incluso se las ve escaparse cobardemente del centro de la tragedia por temor a ser agredidos, esto es una clara señal de que algo básico ha fallado.
Ante una tragedia tan grande, donde ha ido creciendo el número de muertos y desaparecidos, la gente necesita que las autoridades de todos los niveles, cuya misión fundamental es proteger la vida de los ciudadanos, estén presentes en el lugar del dolor por la pérdida súbita del padre o de la madre o de los niños que la riada arrebató de sus brazos. Necesitan que, no desde un despacho o desde una sala de prensa, sino, a pie de calle, se acerquen a los que sufren, recorran junto a ellos las calles de la tragedia, chapoteen en el barro y se comprometan a aliviar el dolor y recuperar la vivienda que han perdido, los servicios inutilizados, los puestos de trabajo a los que acudían todas las mañanas y que ahora han desaparecido o la escuela a la que iban los niños con sus mochilas cargadas de ilusión.
El hombre está sometido a múltiples amenazas colectivas. Unas veces es una tormenta, un huracán, un ciclón, otras un terremoto o maremoto, una inundación por lluvias torrenciales, la ruptura de una presa, los incendios que reducen a cenizas bosques y viviendas.
Las catástrofes colectivas tienen, al mismo tiempo, un efecto positivo en la población. Emerge lo mejor del hombre, que es la sensibilidad y la solidaridad para acudir en ayuda de las víctimas. Así, de manera rápida ha surgido la “Ayuda Terreta”, plataforma digital nacida para dar respuesta a la catástrofe y que ha facilitado la conexión entre voluntarios y personas afectadas por la Dana. Por otro lado, más de 15.000 voluntarios (15 de la ribera de Navarra) se han movido desde otras regiones de España para ayudar a los afectados, limpiar el barro de las casas, recoger la basura de las calles, ayudar a personas mayores, hacerles la comida, repartir comida y agua a quienes se quedaron sin provisiones con sus hogares destruidos, desatascar cañerías. Particularmente sensibles suelen ser los jóvenes y entre los profesionales, los bomberos. Miles de bomberos se han ofrecido para colaborar y a los que han llegado al centro de la catástrofe los hemos visto trabajar en condiciones muy difíciles, rescatar cadáveres, limpiar casas, bajeras y calles, “bienaventurados ellos porque tuve hambre, estaba desnudo…”.
Luis Sarriés Sanz. Catedrático de Sociología