Kamala mintió poco

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Gabriel Asenjo

Publicado el 09/11/2024 a las 05:00

Cuando la cadena ABC le preguntó a Kamala Harris en qué se distinguiría su posible presidencia de la de Biden contestó: “No se me ocurre nada”. Inmediatamente los republicanos, editaron cientos de miles de anuncios con la respuesta. Una forma de señalar a Harris cómplice y culpable de que el americano medio no llegue a fin de mes. Harris resultó ingenuamente sincera, educada y fría en una campaña política de mucha testosterona en el que el engaño proporciona réditos. Por eso, cuando hablas con familiares o amigos en Estados Unidos sobre el triunfo de Trump, opinan que los Demócratas han construido un puente de plata a los vendedores de la antipolítica, a los que sostienen que la verdad y los hechos son una mera interpretación. Pero causa desconcierto que algunos acusen a Harris de no manipular, de no menospreciar, de no hacer apenas demagogia y de mentir poco, porque, hasta ahora, la verdad era el soporte de la democracia.

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Trump remonta con 78 años porque los tradicionales enfados de los americanos que dieron la victoria a Clinton o a Obama han castigado esta vez al partido del poder ciego en su burbuja. A la vuelta de la esquina, los americanos celebran el Día de Acción de Gracias, una fiesta familiar más importante que la Navidad, que, debido a la polarización social, se anticipa de todo menos cordial y festiva. En pocas palabras, triunfa el nacionalpopulismo de Trump porque, paradójicamente, cuando más se le conoce más se le vota y gana más votantes que en su primer mandato. Pese al mensaje racista, le apoyan cada vez más latinos, negros y jóvenes. “Si fuera vendedor de coches jamás le compraría un coche, pero le votaré”, indicaba un votante republicano. Triunfó Trump porque Biden se aferró al poder pese a su incapacidad. Porque las mujeres que votaron a Biden no han deseado una mujer como primera presidenta del país permitiendo la vuelta a la masculinización social. Porque es la economía doméstica, que no llega para la cesta de la compra y la gasolina, lo que ha hecho que gire el voto, pero con un aumento de la abstención hasta 20 millones. Porque desde hace tiempo el Partido Demócrata es visto como club de “pijos” de izquierda, “progres” de la costa adinerada, aunque el pueblo vote a un nacido millonario. Porque desde el mundo rural blanco y con menos estudios, Californina, Hollywood, la multicultural Nueva York y algunas universidades y cadenas de TV son vistas como territorios de Satanás. Porque grosero, embustero, con un futuro legal incierto, a Trump se le observa como una víctima del sistema. Le perdonan todo si arregla la economía, algo que al votante le asusta más que la emigración (aunque viejos emigrantes votan contra los nuevos emigrantes). Porque la desinformación organizada triunfa desde que el algoritmo de Google valora igual una noticia falsa de un desconocido que una verdadera avalada por un medio tradicional. (En su primer mandato el Washington Post le detectó 30.000 mentiras).

Porque preferimos escuchar noticias falsas que regalen nuestros oídos, que las que ponen en duda nuestras opiniones. Y porque los medios de comunicación tradicionales han dejado de ser influyentes. Han triunfado las redes sociales.

Vence Trump, porque ha promovido un nacionalismo visceral potenciando lo que separa a la gente por encima de lo que une con el lenguaje emocional de nosotros primero (blancos,protestantes y rurales) y, para mantener un nacionalismo de libro, ha creado un enemigo a combatir: los emigrantes, los más débiles. Porque sembrar el miedo y la confrontación como vía de movilización da votos. En resumen, ha triunfado una forma diferente de ver la vida, éticamente cuestionable, mientras que los demócratas han errado en su mensaje como cuando los europeos encapsulados en su confort viajan a África, a América Latina o al Caribe hispano reclamando libertad y democracia, sin conocer que lo que importa a la población es comer cada día.

Gabriel Asenjo. Doctor en Ciencias de la Información

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