Buscábamos la reconciliación

Publicado el 04/11/2024 a las 05:00
El 2 de noviembre de 1966, Francisco José de Saralegui -hombre clave en la Navarra de entonces, injustamente preterido- escribía en Diario de Navarra un artículo titulado La victoria y la paz.
Tras aludir a las distintas motivaciones de los hombres en sus actuaciones, se refiere concretamente a la guerra civil española, en la que entrecruzaron, según él, una guerra de religión, una cuestión social y una rebeldía de regiones disidentes. Opuesto tanto a la dialéctica de la victoria como a la de la derrota, se fija en el Monumento levantado en Pamplona a los muertos en la Cruzada, y viendo que se trata de una iglesia, se pregunta: “Siendo la Iglesia Madre en un templo cristiano, después de treinta años, ¿no habrá sitio para los demás muertos?”.
Y cuenta que en Azagra, Lodosa, Milagro, San Adrián y en su propio pueblo de Allo, ha visto, el día de difuntos, lágrimas y flores sobre un ribazo, y lágrimas y oraciones sobre tumbas sin nombre: “Lo sabemos todos los mayores de treinta y cinco años; y cubrimos con nuestro respeto su sombría belleza”.
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Y termina diciendo: “Hace ya de todo aquello treinta años. ¿No son bastantes? Si el monumento lo dedicara Navarra a todos sus muertos en la Cruzada; si se trasladasen allí huesos de vencidos, muertos en el frente o en la retaguardia; si los que hoy viven diesen el primer paso… habría un problema menos para sus descendientes. Porque es justo que los hijos de los vencedores puedan hablar de sus padres con honor. Y es justo también que los hijos de los vencidos -después de treinta años- puedan hablar de los suyos sin amargura”.
Un cura amigo me envió el artículo, recién llegado yo a Madrid desde Estella. En la revista de Acción Católica, Signo, donde había comenzado a colaborar, hice insertar el artículo de Saralegui, y debajo del suyo escribí otro mío titulado Paz y rosas para todos.
En forma de carta abierta al autor del artículo, en la primera columna me deshago en elogios hacia él: “Tu visión de la guerra es, en general, clara y sagaz. Tu aplicación concreta es valiente y muy lógica. Muy cristiana sobre todo”. Transcribo luego el texto de una postal enviada por mi padre desde el frente a mi nombre, el 27 de diciembre de 1936, donde me dice que pide a Dios para que en mi vida sea yo más leal que ellos “a Dios y a España”. Y añado que he leído muchas cartas parecidas de combatientes desde muy distintas posiciones, y que “niños inocentes, hombres en esperanza, luego fuimos muchos huérfanos y heredamos de la guerra el dolor, la pobreza, la soledad y una lluvia de lágrimas en cada aniversario”.
En otro párrafo escribo que ese primer paso que pide Saralegui, que sin duda habrán dado muchos ya, lo doy yo también: “resuelto, recio y alegre”, en nombre de mi padre, uno de los 24 muertos de mi pueblo, y en nombre de mi madre, “que ya ha sufrido bastante”. “Podría ser -continúo con humor- una íntima, recoleta ceremonia. Una Misa comunitaria y anchísima. Unas flores. Unas palabras de alegría y esperanza. Ya tenemos asegurados el cura y el monaguillo”.
No me hago muchas ilusiones. Ni me recreo en la ingenuidad. Enumero las probables respuestas, entre otras, “el odio, la revancha, la terca invencibilidad en sus estériles invernaderos”, y la más habitual de aquellos que nos tendrán por Quijotes de la Manchísima, y tomarán con pena o a risa “nuestras altas caballerías”.
Termino así la cuarta columna de mi carta abierta a Francisco José de Saralegui:
“La fiesta del 2 de noviembre es una fiesta de fraternidad esperanzada. Todo el mes, mientras las hojas de los árboles caen y lo agarrotan los hielos, el campo se contagia también de esperanza. Está cerca el Adviento, que nos lleva a la Epifanía, a la Presencia luminosa del Señor.
¡Ea! llenemos de paz y de rosas todas las tumbas conocidas o desconocidas de nuestra Navarra entrañable. Y que su perfume se extienda por todas las difíciles, martirizadas, gloriosas tierras de España. Ya verás cómo, después, en algún lugar, brotarán unas rosas juveniles de paz y de alegría”.
Poco después, por otro artículo publicado en el mismo periódico eclesial, en el que denunciaba yo los atropellos cometidos en tiempos pasados en toda España, también en Navarra, fui llevado al recién estrenado Tribunal de Orden Público, que me juzgó y condenó a cuatro años de prisión, aunque más tarde me absolviera. Y cosas así me llevaron de peripecia en peripecia hasta 1975. Buscábamos lisa y llanamente, pacífica y alegremente, la reconciliación, fundamento de toda convivencia en paz, en cualquier sociedad dividida y maltrecha por la violencia y la guerra.
Víctor Manuel Arbeloa. Escritor