"Una de las maneras que tenemos para estudiar cómo se enfrenta la gente al fenómeno de la muerte de un familiar o de un amigo es a través de las esquelas"

Publicado el 01/11/2024 a las 05:00
Llega el 1 de noviembre y, de nuevo, el reencuentro silencioso con los seres queridos que ya hicieron su camino hacia el “más allá”. Recuperamos sus rostros, revivimos las conversaciones, los momentos más íntimos a su lado. Guardamos un momento de profundo silencio cuando volvemos a embellecer las tumbas y depositamos sobre ellas, con un beso, una corona o un ramo de flores. Después nos mantenemos de pie y rezamos pidiendo que, allí donde estén, descansen en paz, mientras, envueltos en recuerdos y emociones, recogemos en nuestro pañuelo las lágrimas que humedecen nuestras mejillas.
Es cierto que la existencia de columbarios en muchas iglesias y el hecho mismo de que gracias a las incineraciones podamos esparcir las ceniza de nuestros difuntos en el campo o guardarlas en pequeñas urnas que conservamos en nuestras casas, van restando importancia a los cementerios, sembrados de cruces, y que, con sus magníficos mausoleos y sus tumbas y nichos, se convertirán, en el futuro, en museos. Más allá de las formas que van evolucionando, el recuerdo de los difuntos permanecerá vivo.
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Desde un punto de vista de la sociología, una de las maneras que tenemos para estudiar cómo se enfrenta la gente al fenómeno de la muerte de un familiar o de un amigo es a través de las esquelas. En ellas, los familiares expresan sentimientos múltiples, frecuentemente vinculados a creencias religiosas. Porque con la muerte no se acaba todo. Existe para la mayoría un más allá de esperanza. Un lugar en el que nos volveremos a encontrar: “Virgen de Ujué a la que tanto amé y recé, sal a mi encuentro y acógeme”. “Nos volveremos a encontrar”. “Hace un año que saliste de viaje. Nos encontraremos de nuevo”. “Hace once años que nos dejó la mamá y su estrella brilla en el cielo desde entonces. Desde hoy ya tiene compañía. El papá ya está con ella para siempre”. “Dios nos dio memoria para nunca olvidar a quien amamos”.
A través de las esquelas comunicamos a los demás los valores que han adornado a quienes nos han “precedido”: “Buena persona, trabajador, querido padre, marido y abuelo, vuela alto Javierico”. “La madre más buena, cariñosa y generosa que pudimos tener”. “Mujer de puertas abiertas, brazos acogedores y corazón gigante. Esa eres tú. Maite zaitugu”. “Fuiste un buen hombre”. “Has sido nuestro pilar para toda la familia. Nunca te olvidaremos”. “Siempre estarás con nosotros”.
Muchas esquelas testimonian una herencia que debemos recoger: “Luchó hasta el final con la misma fuerza con la que vivió. Tu luz siempre iluminará nuestros corazones”. “Tu ausencia ha dejado un inmenso vacío, pero para los que te queremos no dejarás de existir jamás”.
En las esquelas volcamos la esperanza de que la persona fallecida sigue junto a nosotros: “Nadie muere mientras permanezca en el recuerdo de los que te queremos”. “Cada vez que ascendamos una montaña, tú también estarás con nosotros”. “Cada recuerdo tuyo es una caricia, porque fue fácil quererte, pero imposible olvidarte”.
El 1 de noviembre no solamente es un día para el recuerdo. Es también un día de confrontación de nuestra vida con la muerte, que es muy diferente en el caso de los no creyentes, para quienes con la muerte se apagan todas las luces y no existe otra vida, mientras que en el caso de los creyentes mueren con la esperanza de sobrevivir en el “mas allá”. Cuando permanecemos de pie, en frente de la tumba de nuestros seres queridos, hay dos escenarios que reproducimos en nuestra mente. Primero vamos repasando momentos vividos a su lado. Después recordamos que nuestra vida tiene un límite, un final, al que nosotros no podemos poner fecha. Esta fragilidad, provocada por la incertidumbre, sólo nos deja la certeza de que “al final de la jornada, aquel que se salva sabe, y el que no, no sabe nada”.
La iglesia católica sigue celebrando el 1 de noviembre la Fiesta de todos los Santos, es decir, de todos aquellos que, en su tránsito por este mundo, vivieron con la seguridad de que la vida no se acaba en la oscuridad de un nicho en el cementerio o en el horno de una incineradora, sino que alguien le ha dado un sentido porque hay un lugar que acoge a los creyentes. Así se lo aseguraba Jesús de Nazaret a sus discípulos: “allí donde estoy yo, allí quiero que estéis también vosotros”.
Pero no todos viven la muerte como un tránsito doloroso a otra forma de existir. Crece el número de personas para quienes la muerte es simplemente el final de un ciclo personal, como le ocurre a cualquier ser vivo, desde el más pequeño microbio hasta el hombre. Para ellos, el “más allá” no existe. No ocurre lo mismo con el creyente a quien la religión y la fe le dan la seguridad de que, “al amanecer contemplaré tu rostro”, porque, como recuerda la Oda de Schiller, “sobre la bóveda estrellada habita un Padre amoroso” que nos espera y acoge.
Luis Sarriés Sanz. Catedrático en Sociología.