"La noticia del tren loco en los túneles de Madrid está como diseñada por Joaquín Sabina"

Actualizado el 22/10/2024 a las 23:24
La noticia me pilló en un plató. Un tren había descarrilado en un túnel de Madrid. Ya puede entrar un tipo a dar en directo la noticia de que ha caído una bomba nuclear en Baltimore que los cámaras siempre tiene la misma cara de pensar que esta semana ya ha cenado lentejas dos días, pero se nos ha llenado mi Españita de trenes descarrilados, trenes que se echan sobre costado en los túneles como varados en una playa oscura.
La noticia del tren loco en los túneles de Madrid está como diseñada por Joaquín Sabina: por las entrañas de la ciudad anda suelto un tren desenfrenado, vacío y existencial, que galopa y que huye, que viene de la noche y va a ninguna parte. Un tren febril y suicida; corren unos operarios a pararlo como sea.
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Tengo los ojos, platero, llenos de trenes que no llegan, que van a la deriva o se extravían en la paramera como toros perdidos en las nieblas del otoño. El tren, con su triunfo, su cansancio y su cadáver de metal girado en las portadas de los periódicos, se aparece como un trasunto de mi Españita, su locura y su desilusión. Veníamos de los vagones de madera con hogaza, chorizo, bota de vino y parada en Medina del Campo, y de pronto nos vimos yendo a Sevilla en dos horas y media con caramelo de frutas, auriculares de regalo, peli de las de llorar y borrachera en el vagón-bar. Pasamos de llevar en el bolsillo una navaja de Albacete a llamar por un Motorola que apodamos el ‘mancuentro’ por la gente que se saludaba a gritos –“Hola Antonio, ‘mancuentro’ en el AVE”…- y los olivos de Sierra Morena eran flechazos de silencio verde.
Teníamos trenes y ahora vas de Chamartín a Atocha en una aventura como la de llegar de Nueva Deli a Benarés y Tombuctú queda más cerca que Navalmoral de la Mata. En Cantabria los trenes no entran por los túneles y a mí ya todo me parece una metáfora erótica y gubernamental. Dice Óscar Puente que la red ferroviaria está mejor que nunca. Me acuerdo de la anécdota que cuentan de Rafael El Gallo cuando venía de Sevilla en un tren de carbón que las había pasado canutas en las cuestas de Sierra Morena y, al llegar a Atocha, con el tren silbando orgulloso, gritó: “Esos cojones en Despeñaperros”.