Sexualidad y menores: una reflexión

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Fernando GarcÍa Fernández

Publicado el 21/10/2024 a las 05:00

El pasado mes de septiembre se hizo pública la memoria de la Fiscalía General del Estado relativa a los datos de 2023. Estos revelaron, un año más, un importante aumento de los delitos sexuales cometidos por menores de edad, algo que la propia Fiscalía describió como una “alarmante espiral que no para de crecer”. Así, si el pasado año se abrieron 3.185 causas contra menores de edad por delitos de esta naturaleza, en el 2015 fueron 1.081. Por tanto, se han triplicado en tan solo ocho años. Además, en una de cada cinco denuncias, la víctima tenía menos de 13 años.

Así mismo, el Centro Nacional de Vigilancia Epidemiológica del Instituto de Salud Carlos III, en su informe de enero de 2023, sigue mostrando un aumento, sostenido en el tiempo, del número de enfermedades de transmisión sexual entre los jóvenes de nuestro país. Por ejemplo, en sus conclusiones indica que “la tendencia creciente de la infección gonococia y de la sífilis, observada a partir del inicio de la década de 2000, se mantiene”, y que “la mayoría de los casos se produjeron en adultos jóvenes”.

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Ambas realidades son atribuidas por los autores de estos informes a dos causas coincidentes. Por un lado, la carencia de una adecuada formación en materia ético-sexual. Por otro, el acceso temprano e incontrolado a la pornografía, lo que hace que muchos menores la tomen como modelo para sus prácticas sexuales. Por ello, creo que es urgente abordarlas tanto desde los ámbitos legislativo y judicial, mediante la promulgación y aplicación de leyes que protejan a los menores, como desde el educativo, posiblemente con mejores resultados.

Ciñéndome a la educación, creo que hay dos maneras de hacerlo. La primera es que, siendo cierto que los adolescentes españoles nunca han tenido tanta información y tanta “educación sexual” como ahora, sin embargo los datos indican que como sociedad no estamos siendo capaces de quebrar las tendencias citadas. Quizá haya que replantearse esta educación poniendo más el foco en aspectos como el respeto, el compromiso, la fidelidad o el amor, y menos en tratar la sexualidad como una realidad solo física o biológica, desprovista de todo lo relacionado con las otras dimensiones del ser humano (intelectual, social, emocional o espiritual).

La segunda es que hay que evitar en lo posible el acceso de los menores a contenidos pornográficos y la forma más eficaz de hacerlo (quizá la única) es retrasando el uso incontrolado de los dispositivos con conexión a Internet, especialmente el teléfono móvil.

Me consta que esta revolución educativa ya ha empezado y en el caso de nuestra comunidad conozco dos ejemplos concretos. Por un lado, “Amarme bien, amarte bien”, un programa de educación centrado en el valor infinito de la persona, su vocación al amor, la belleza de la sexualidad y el descubrimiento de toda vida humana como don. Por otro, la iniciativa “Adolescencia libre de móviles”, impulsada por familias y profesionales preocupados por los efectos nocivos derivados del uso no adecuado de dispositivos con acceso a internet. Sean estas u otras iniciativas que también existen las que adoptemos, estoy convencido de que solo desde la educación familiar y escolar podremos confirmar en breve que los datos indican que estamos siendo capaces de revertir ambas tendencias.

Fernando García Fernández. Profesor, conferenciante y escritor

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