"Es el país entero el que ha sido robado, y es vergonzoso conocer la complicidad de quienes han hecho allí su agosto y recibido mordidas millonarias"

Actualizado el 20/10/2024 a las 23:33
Daron Acemoglu y otros tres más han conseguido el Premio Nobel de economía por sus trabajos, en los que explican que el éxito o fracaso de las naciones está determinado principalmente por la calidad de sus instituciones políticas y económicas y no es resultado, como se cree, de factores geográficos o culturales.
Que las instituciones trabajen de forma independiente, que el poder sea controlado, que exista seguridad, que se deje trabajar a los jueces, que los contratos se cumplan y haya juego limpio, es lo que crea un marco de confianza y promueve la iniciativa y la riqueza, mientras que lo contrario, la ocupación y descrédito de la instituciones, su sometimiento al gobierno, la falta de controles, el favoritismo -no se si les suena- frenan el progreso, crean una élite extractiva que se aprovecha de forma ventajista de la economía y lleva indefectiblemente a la pobreza y al retraso.
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Existen muchos ejemplos de ello y el más extremo, desde luego, es Venezuela, donde la arbitrariedad, la persecución de la oposición, la demolición de las instituciones y el reparto del botín, todo bajo la verborrea revolucionaria, ha llevado al país a la más absoluta pobreza, por encima del 90%, y a más de 8 millones al exilio.
Algo de este espanto pudimos escuchar el otro día en la visita a Pamplona del director de El Nacional de Venezuela y de la mano varios venezolanos de ASVENA, que contaron el horror del que han escapado, el caos y la represión en un país donde falta de todo y el burdo enriquecimiento y la corrupción generalizada de un régimen vinculado al narcotráfico.
Una Venezuela que votó masivamente contra Maduro, pero a quien se le ha robado el resultado.
En realidad, es el país entero el que ha sido robado, y es vergonzoso conocer la complicidad de quienes han hecho allí su agosto y recibido mordidas millonarias, como vemos en sentencias judiciales, o esas maletas de Delcy rodando por Barajas, todavía en busca de una explicación, una realidad miserable en la que algunos guardan un delicado equilibrio mientras la gente agoniza.