"Entré en la iglesia a contemplar de nuevo los frescos de Giotto que narran la vida de Francesco, unas escenas llenas de colores brillantes como el paisaje abrasado de fuera"

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Pedro Charro

Publicado el 09/09/2024 a las 05:00

Hacía mucho calor en Asis y en la gran explanada junto a la basílica, desde la que se divisa el sereno paisaje de la Umbria, con sus suaves colinas salpicadas de cipreses, olivos y grandes pinos, hasta el perfil brumoso de los apeninos a lo lejos, apenas se podía estar, así que entré en la iglesia a contemplar de nuevo los frescos de Giotto que narran la vida de Francesco, unas escenas llenas de colores brillantes como el paisaje abrasado de fuera: azules purísimos, granas y verdes luminosos, también tonos de tierra, blancos y negros, como en un cromo de la infancia, unas pinturas que retratan los ambientes y figuras sacados de la Florencia del siglo XIV, cuando Giotto era un joven que deslumbró con su talento y Francesco ya había creado su leyenda. 

Allí estaban los detalles de su vida de acuerdo a la imagen que del santo de Asís escribió san Buenaventura, uno de sus seguidores, expurgando otras anteriores para trazar un paralelismo con el mismo Cristo. 

Francisco, como se sabe, es un santo con muy buena prensa, una especie de antisistema que se desprendió de todo y abrazó la pobreza -pues renunciar a todo es también tenerlo todo- un pobre ambulante, evangélico, que hablaba con los pájaros y se entendía con los lobos, un juglar de Dios, como lo bautizó el dramaturgo rebelde Dario Fo, que le dedicó una bella obra llena de humor. 

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Y este frailecillo, que todavía conmueve tanto, parece que de vez en cuando se recogía en el monte, se apartaba de todo e iba con los suyos a emboscarse, a veces en trance, al albur de lo que viniera, parte de la naturaleza, fuera de toda inquietud y así en las noches templadas se tumbaban en el suelo a contemplar las estrellas, como he visto esculpido en el Eremio, en lo alto del monte de Asís, en el cerrado bosque desde el que Francesco contemplaba la noche estrellada, los lejanos astros titilantes, las perseidas, seguramente, que llegaban como ahora al final del verano y pasan fugaces por el cielo y no se sabe a dónde van.

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