"Claramente no estamos hechos para el surf y sin embargo, cómo nos gusta andar sobre las aguas. Este es, sin duda, el milagro mejor, aunque el más inútil"

Actualizado el 06/08/2024 a las 23:23
Otras especies de animales también surfean: por ejemplo, los delfines, las focas y algunas aves. A los seres humanos se nos da horrorosamente mal. Necesitamos carísimas tablas, trajes de neopreno, y en mi caso, hasta tapones para evitar el oído de surfista. Algunos ni siquiera tienen el mar a mano.
Gran parte de las olas nos parecen enormes y a cada poco tememos perecer ahogados. A veces, incluso nos ahogamos. En los primeros baños de cada temporada y especialmente cuando sube el tamaño de las olas, alcanzar el pico significa una tortura ‘sisífica’ de brazos doloridos, espumones, tragos de agua, fosas nasales ardiendo por efecto del agua salada, cansancio, mareo y humillación.
Claramente no estamos hechos para el surf y sin embargo, cómo nos gusta andar sobre las aguas. Este es, sin duda, el milagro mejor, aunque el más inútil. Coger olas no representa una diversión que provenga del ejercicio de otras tareas necesarias.
El buceo nos permite hacer multitud de trabajos bajo el agua, el remo sirve a la navegación y a la pesca, la vela nos hizo dar la vuelta al mundo y descubrir horizontes sobre los que se expandieron las civilizaciones, y el surf solo nos ayuda a divertirnos. Pero la cosa es que nos divertimos mucho.
Algunas personas necesitan olas de treinta metros y otros, de pocos centímetros. Ponerse una sola vez de pie y deslizarme por la pared toca las fibras más profundas de lo que soy, de quién soy y de dónde soy, y podría dedicar mi existencia a ello.
El surf no es un estilo de vida; es la vida misma y no me pregunten por qué, pues no lo sé. Quizás se trate de un impulso hacia la conquista del medio o, al menos, a concebir cierta sutil comunión si, sentado en la tabla, quizás al amanecer, se observa de costado una ola romper, el viento de tierra levanta sobre ella un flequillo de agua y uno siente que le va a estallar la jodida cabeza de hermosura.
O de estar a merced del mar, que es estar a en manos de las fuerzas de lo telúrico, un poco como uno se pone irremediablemente en la cara de un toro, y por eso andamos desde niños jugando con las olas de un mar que va y viene pero que siempre está ahí. No existen grandes teorías antropológicas sobre el surf porque es mejor surfear que escribir teorías antropológicas.