De los Fueros al secesionismo

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Víctor Manuel Arbeloa

Publicado el 22/07/2024 a las 05:00

Tras la última guerra carlista, y, abierta la Restauración canovista, el desarrollo social y el de los medios de comunicación y transporte hicieron que la sociedad vasca y la del conjunto de España pudieran entrelazarse aún más la una con la otra, con mejor conocimiento mutuo y mayor compenetración. El mismo Pío Baroja, crítico siempre poco complaciente, no veía “en las provincias vascongadas un espíritu distinto del mal espíritu español”. Pero la ley de abolición foral de 21 de julio 1876, efecto inmediato de la victoria en la guerra civil, causó una honda conmoción en el País Vasco, después de tres decenios de resistencia a encontrar, como Navarra, una vía de consenso sobre la cuestión. La reacción estalló en clave victimista y de protesta contra la nación española. Cánovas, que no era tonto, aunque fuera centralista, suavizó pronto su intransigencia teórica, exigida y aplaudida por una opinión pública española, harta de perder vidas jóvenes en la “guerra del Norte”, e instauró un régimen fiscal específico, el llamado Concierto Económico (decreto de 28 de febrero de 1878), acordado con la burguesía vasca, especialmente con la vizcaína, que vio así protegido su incipiente y pujante desarrollo.

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Desde otro sector no menos importante, y desde el resentimiento personal y familiar por el fracaso de su causa (la carlista), los hermanos Arana Goiri, que vivieron en Barcelona los inicios de la reivindicación catalanista, recogieron la abundante herencia de la supremacía vasca, de los falsos mitologemas de la raza y de la lengua propia, de las demasías e intransigencias de los fueristas y de los foralistas vascos, y uniéndolo todo con un radical integrismo religioso, donde Dios era patriota y la patria era divina, acabaron dando a ese hechizo una interpretación tan falsa como extremosa, hasta predicar el odio exacerbado a España, encarnado sobre todo en los obreros españoles que acudían a trabajar a Vizcaya. España, para ellos y para los que siguieron su fanatismo, era “la nación más degradada y abyecta de Europa”; “la más raquítica y enclenque”.

Cientos de dicterios contra los españoles -“maketos” (¿de “makutuak”, los del hatillo o maco?)- era el insulto más habitual, o “belarrimotzak,” orejicortos- hicieron de Sabino Arana, el fundador del PNV (1895), el más odioso y odiado de sus enemigos y el autor más racista y atrabiliario de su tiempo. El bilbaíno Miguel de Unamuno, el ex peneuvista vizcaíno Tomás Meabe, o el asturiano Indalecio Prieto no me dejarán exagerar. No obstante, su fracaso ideológico, incluso para los viejos fueristas y los nuevos vasquistas, unido a la prisión y enfermedad del fundador del nuevo nacionalismo étnico, hicieron cambiar a este, al final de su vida, de modo que, pocos años adelante, el Partido Nacionalista Vasco se convirtió en la Comunión Nacionalista Vasca (1916), mucho más realista, moderada, pragmática, y no separatista; en Navarra, donde el partido nacionalista se organizó más tarde, nunca siguió el secesionismo de los Arana, sino el unionismo crítico y fuerista del historiador, escritor y político Arturo Campión. Durante la República, la Guerra Civil y el exilio, y también en la España democrática, el nacionalismo vasco, dejó ver hasta hoy mismo las dos almas, las dos alas, las dos opciones del PNV -según cuándo, dónde y para qué-, en una calculada ambigüedad ya clásica, que le ha convertido en un partido multicomprehensivo, cuya dirección sostiene una soberanía política, propia de un sistema confederal, y al mismo tiempo el falso “derecho a decidir”. Solo ETA y sus diferentes brazos políticos han defendido netamente, como veremos, la posición separatista e independentista del segundo Arana Goiri.

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