"Eran los Sanfermines que fotografió Inge Morath y que hoy son un documento precioso; los Sanfermines de los años 50, cuando nadie vestía de blanco y rojo"

Publicado el 08/07/2024 a las 05:00
Anochecía el día de San Fermín, pero el tractor seguía cosechando en un campo cercano a Pamplona, yendo y viniendo, haciendo un sonido de traqueteo de tren, y dejando de vez en cuando unas grandes pacas de paja sobre el suelo, mientras una docena de milanos lo sobrevolaban inquietos, subían y bajaban, hacían quiebros esperando a ver lo que quedaba tras su paso.
Dentro de nada el cielo estallaría de fuego y colores sobre la ciudad y con su resplandor y la luz de la luna se podría distinguir la silueta de los montes que la rodean: Izaga, la Higa, Alaiz, como se ven también desde la noria en el real de la feria.
Hace años, después de cosechar, se iba en grupo un rato a Pamplona a echar un vaso, ver la salida de las peñas, y darse una vuelta. Eran los Sanfermines que fotografió Inge Morath y que hoy son un documento precioso; los Sanfermines de los años 50, cuando nadie vestía de blanco y rojo y el encierro se corría con americana.
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Inge era la única mujer de la agencia Magnum, la de Capa y Cartier Bresson, con quien se formó, y venía de hacer fotos por centroeuropa, por el Danubio, después de haber recorrido medio mundo. Tenía un vínculo especial con España, y sus fotos son de gente sencilla a la que se acercaba. Sacó en Pamplona 88 fotos en blanco y negro que captan el momento especial y único de una fiesta que todavía tenía algo de puro y sobrecogedor y que uno no se cansa de ver, a las que tituló con tino “Guerra a la tristeza”.
Una guerra que hay que ganar. Muchos años después, en 1997, Inge volvió con su marido de entonces, Arthur Miller, a Pamplona, y con el escritor antillano Dereck Walcot. Vieron el encierro, pasearon por la calle un poco cohibidos por la juerga y la impresión de los toros, como si estuvieran ante algo primitivo.
También fueron a Zugarramurdi, en busca de brujas. Fue el mismo año en que los Sanfermines pararon por la muerte de Miguel Angel Blanco, que los volvió lúgubres, insoportables. Cae la noche pero el tractor sigue arriba y abajo, laborioso, entre el sonido de las chicharras y los estampidos a lo lejos.