San Fermín, en el centro de la fiesta

Publicado el 07/07/2024 a las 05:00
La historia de Navarra, considerada tierra de reyes, de contrastes, de diversidad paisajística y climática, no puede entenderse sin la celebración de sus fiestas y de homenajes a sus patronos. Porque decir Estella, Tudela, Aoiz, Olite o Pamplona es referirse a merindades que representan a todos los municipios de Navarra ya que, verano tras verano, sus habitantes se despojan de la vestimenta laboral y, durante unos días, expresan momentos de ocio con fervor religioso, folklore y costumbres, perpetuados a lo largo de los siglos. Si tenemos que escoger un representante de los 272 municipios navarros, el más votado sería Pamplona. Estos días se convierte en capital del mundo entero. Su cultura sanferminera rebasa cualquier límite y sus gentes abren los hogares para acoger a toda persona que desee olvidarse de sus problemas y contagiarse de la hospitalidad, sensibilidad y diversión.
El origen de esta fiesta surgió en una Pamplona romanizada, hacia el siglo III, en la cual una familia compuesta por Firmo, senador local, sus esposa Eugenia y sus hijos Fermín, Fausto y Eusebia se dirigían al templo de Júpiter para adorar a los dioses. En el camino se toparon con una comunidad cristiana gala, dirigida por el obispo Saturnino y su discípulo Honesto. El hijo Firminus, siempre inquieto, escuchó las enseñanzas de estos cristianos y preguntó: ¿Quién es ese Dios único, contrario a los dioses romanos? Pronto se convirtió y Honesto le formó en la doctrina cristiana. Ante la instrucción religiosa de un Fermín aventajado en la predicación, pasó a Toulouse y Honorato le ordenó sacerdote y, más tarde, obispo, de manera que se transformó en evangelizador por la región de Aquitania. La lucha entre el politeísmo romano y el cristianismo era constante, por eso Fermín sufrió encarcelamientos, torturas y finalmente el martirio, un 25 de septiembre. Su cuerpo fue enterrado, según tradición, en Abladene.
Las reliquias se encontraron, siglos más tarde, el 13 de enero del 615, siendo trasladadas a Pamplona. Ese acontecimiento se plasmó en una pintura de Alejandro Ferrán (1865), hoy en el Salón del trono del Palacio de Navarra. Las representaciones plásticas de Fermín no se aprecian hasta el siglo XVI y XVII, con relicarios, como el busto de San Lorenzo, tallas en Olite (s. XVI), Salinas de Oro, Artázcoz, Olagüe, sin olvidar las pinturas del ayuntamiento pamplonés, archivo, la basílica de Aldapa o las ermitas (Azpilicueta, Azcárate), grabados, medallas, arquetas y estampas distribuidas por toda Navarra.
Mención especial merece la música con los Gozos de San Fermín, las composiciones del maestro Turrillas o de Ignacio Baleztena con Levántate Pamplonica, Uno de enero, dos de febrero, el Vals de Astráin o las jotas del P. Ordóñez. Además añadimos la colección de libros y documentos sobre su vida y posteriores festejos, como el ejemplar de Berdún (1693), Arazuri en tres volúmenes (1983), Miguel Izu, Apaolaza, Charles Salmon o Landa-Mangado con Los Sanfermines a través de los carteles (2002).
No podríamos acabar esta relación de elementos anexos a la fiesta sin referirnos al viajero norteamericano Hemingway y su esposa Hadley, que se estrenaron viviendo el bullicio en 1923, hospedados en la pensión Eslava. Esos sanfermines sirvieron de aperitivo para que el escritor se enamorara de Pamplona y repitiera en varias ocasiones, ya desde la habitación 217 del hotel La Perla. Con el libro Fiesta (1926), ambientado en Pamplona, la ciudad se abrió al mundo y miles de fans, imbuidos por su lectura, visitaron y visitan la capital navarra. El café Bar Torino, hotel Quintana, bar Txoko, cafés Suizo, Kutz e Iruña o Casa Marceliano fueron y son lugares emblemáticos para turistas de los seis continentes. De ser en un principio una fiesta religiosa ha pasado a ser un evento popular, mejor dicho universal, donde se produce un maridaje perfecto entre conciertos, teatros, fuegos, gigantes, charangas, peñas, encierros y procesión. El chupinazo es el acto de apertura, donde los mozos y mozas de blanco y rojo, en un flamear de pañuelos, muestran al mundo entero que la celebración ha comenzado; todos son bienvenidos y nadie se siente extraño, en un encuentro de fraternidad.
Como dice el premio Nobel, Ernest, “el espíritu de los Sanfermines sigue vivo”, porque la esencia, el meollo de la tradición permanece palpitando, como el corazón de un joven.
Sin embargo San Fermín no es flor de nueve días, que finaliza marchitándose, sino que el “capote del Morenico” se hace presente en nuestras vidas, nos arropa, incluso utilizamos su protección en El Sadar, buscando el gol salvífico de Osasuna. Pamplona debe aprovechar el tirón de los Sanfermines para buscar alternativas atractivas durante todo el año. Utilicemos la tradición del ayer, la experiencia del hoy y la vivencia del mañana.
Luis Landa El Busto. Escritor e historiador