Chadanaca o el gozo aterrador, clave de San Fermín

Actualizado el 04/07/2024 a las 00:29
Me fascina una palabra de origen bengalí que cita el escritor Juan Gómez-Jurado y la canta Litus, músico de culto, una palabra tan sonora como Chadanaca. ¿Qué significa? Algo así como el gozo aterrador de bailar al borde del tejado y que, a mi juicio, le va como anillo al dedo a San Fermín. Chadanaca, término que encapsula nuestra fiesta como si fuese un chute de dopamina. Algo que tiene que ver con la felicidad aliada al riesgo, como un excitante estado del alma.
Cuando me piden que defina en pocas palabras los Sanfermines respondo que con una sola basta y suelto lo de Chadanaca. La suelo utilizar a menudo porque eso de terror y gozo jugando en la misma liga lo solemos asociar al encierro; y, además, por no sé qué tontería, me permito la licencia de pronunciarla con acento en la primera vocal. Me suena como más emocionante y contundente.
Digo esto porque, aseguran los expertos, que el poder de la comunicación se asienta en la emoción que consigue transmitir el mensaje. Naturalmente a más emoción y sentimiento menos espacio para la razón y el pensamiento y, por tanto, mayor penetración social. Así que, si lo pensamos con cuidado, resulta que la emotividad y el sentimiento que reparte San Fermín funciona en nuestra ciudad porque cada día se puede considerar como una suma de “momenticos” emotivos. Pero, queramos o no, para muchos el cénit absoluto emocional va más allá de vestirse de blanco, escuchar la jota al Santo o llevar a los hijos de la mano a los gigantes. Va más lejos, incluso, del subidón del primer almuerzo o del primer beso, ese que por conjuro de situaciones y emociones, suele producirse en Sanfermines. Sin embargo el momentazo hipertop, la olla de la emoción, explota con el hecho diferencial de la fiesta: el encierro. Cierto que cada vez resultan más previsibles los encierros, pero el vértigo aterrador de bailar al borde de un tejado únicamente te lo proporciona el riesgo de que un toro te acuchille la carne. Es ese momento breve que nos revela que la vida se nos puede hacer más grande ante el riesgo de perderla. Esos instantes en los que mente y emociones se pelean. Y ahí está la TV que nos suministra la imagen en directo, para que luego la cámara lenta del VAR llegue a la cara del toro, que es cuando al espectador le aumenta la absorción de oxígeno y nos visita la angustia. (Suelo decir que en el encierro funciona el directo de la tele por la misma razón que funcionan algunos deportes, porque todo desafío se fundamenta en la emoción de resolver una incógnita. En el atractivo de la duda de si un deportista fallará o no un gol, subirá al Everest o ganará los 100 m lisos.)
Pero perdonen que me meta a psicólogo barato. Porque vas y te compras un bestseller de autoayuda y resulta que el autor te envía a buscar el silencio y la quietud para encontrarte a ti mismo. Le pido un camino que me conduzca al equilibrio, y el libro me convence que los excitantes, el ruido y la multitud lo desvirtúan todo y me indica que abra el corazón a la calma, a la respiración profunda y pausada. Todo lo contrario que los Sanfermines.
Así que me hago cargo que San Fermín no es el mejor camino para volver a la paz personal, pero, cansado de funcionar con el piloto automático de las noticias diarias, me dejo llevar por la fiesta, qué le vamos a hacer. porque cuando te sientes enfundado en el estrés de lo urgente, creo que estas emociones festivas que nos descubre Chadanaca al final terminan por ayudarnos.