"Volví al Colegio Mayor Larraona a recibir la beca de honor y a hablarles a los chicos de las razones para la alegría, que existen"

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Chapu Apaolaza

Publicado el 24/04/2024 a las 05:00

Volví al Colegio Mayor Larraona a recibir la beca de honor y a hablarles a los chicos de las razones para la alegría, que existen. A los pibes les entra la ecoansiedad por el blanqueamiento de la Gran Barrera de Coral -y a mí por otros blanqueamientos-, y creen que no tiene sentido vivir. Les convencen de que la Tierra no puede con todos ellos y yo creo que la Tierra sin ellos no tiene. El planeta sin humanos, me parece una majadería. Reniego del meteorito, los no sé cuántos millones menos de humanos y otras hierbas de la extinción. El antihumanismo decrecentista nos plantea que debemos ser menos, aunque desvela su lado criminal cuando nos preguntamos por quién deberíamos recortar. Yo me quedo con todos estos, sus peinados de futbolista, sus trajes imberbes, el niño que llevan dentro siendo ya tan adultos, la ropa que estrenaron para el día de las becas. El colegio mayor, atacado en todas sus formas y señalado como un continuador de los esquemas heteropatriarcales es, muy al contrario, un lugar de descubrimiento, aceptación, convivencia, aprendizaje del otro distinto. Es una exaltación del otro y de uno mismo con ese otro en la que se asientan todas las hermandades. Ahí sigue en ellos con esa mezcla justa de cortesía, educación, cultura y gamberrismo que conocí en su día. Un colegio mayor es eso: una forma de ser, de estar en el mundo en el que uno pasa un poco de todo y a la vez nada le resulta ajeno. En esas escaleras, nada más llegar, conocí al Compos, que era de Santiago de Compostela como es natural, y recuerdo que entonces para mí, un gallego o uno de Córdoba eran una gente exótica como de Vanuatu. Larraona es el mismo sitio, algo cambiado. Manolo Sagüés sigue igual, guardando las esencias del espíritu colegial, que lo es todo. Recordaba el edificio más pequeño. Evito detenerme en los lugares que reconozco y en los recuerdos que creía ya olvidados: el peso de la puerta, el pasillo de abajo. Paso de la recepción como de largo por mi propio pasado, pero en el último momento echo un vistazo y sigue ahí el casillero con el hueco de la llave de mi habitación -la 247- que ocupa otro yo y antes otro yo, y así veinte o treinta yo en una sucesión bellísima de nosotros que se llama Larraona.

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