La política de la mala gestión

Publicado el 24/03/2024 a las 05:00
En términos generales puede afirmarse que, desde el punto de vista de las preferencias políticas, hay personas que muestran una inclinación a los partidos que defienden una mayor igualdad, la justicia social, la defensa de los débiles y una mayor intervención estatal en todas las esferas de la vida ciudadana, a cambio de una menor libertad (socialistas). Y otras que, estando de acuerdo con algunos de estos postulados, se inclinan hacia una mayor libertad en el ámbito económico y menor intervención del Estado en la vida ciudadana (conservadores). En un extremo, están los comunistas, cuyo estrepitoso fracaso es el mejor signo de su decadencia, aunque siguen gobernando en algunos países. En el otro, la llamada ultraderecha (para algunos la única “ultra”, como si no existiera la “ultraizquierda”) y los partidos populistas, unos y otros en auge en algunos países.
Si nos adentramos en las últimas décadas de nuestro país, incluido el gobierno de nuestras comunidades autónomas, aquellos que han funcionado con acuerdos de partidos de centro (socialistas de verdad, no los de ahora, y conservadores moderados), las legislaturas han funcionado sin sobresaltos y se ha producido un salto cualitativo de mejora económica y social. Teniendo en cuenta que nadie posee toda la verdad -un axioma elemental-, la moderación, lo que en política sería el centrismo, es la solución que mejores resultados ha dado.
La Transición política nos trajo un tiempo de estabilidad y bonanza económica. Se dio un cambio positivo en la calidad y nivel de renta, muy cercana a la media europea y un nivel de desempleo similar a los países de nuestro entorno. Nuestra deuda pública era bastante baja y no pocas miradas del ámbito internacional estaban puestas en nuestro ejemplo. Son hechos, no es una opinión.
Desde los comienzos del siglo XXI, son tres los presidentes que nos han gobernado (aunque esto es mucho decir): Zapatero (2004-2011), Rajoy (2011-2018) y Sánchez (2018-…). Zapatero, contra toda previsión, negó una crisis que se había generalizado en toda Europa y con su gobierno, la renta per cápita descendió un 6 por ciento. Con Aznar nuestra renta per cápita llegó a un 92,77 de convergencia con la media europea, y con Zapatero descendió al 83,33 por ciento de esa media europea que padeció la crisis financiera como nosotros. En realidad, ni Zapatero ni sus ministros se dedicaron a gobernar el país, a tomar decisiones para no dilapidar el patrimonio de sus antecesores, incluido González. Se dedicaron a apuntalar sus sueños ideológicos y a sembrar el nivel de la amarga polarización que hoy sufrimos. La sociedad española padece por tristes anhelos no logrados, por esperanzas frustradas sobre todo en una juventud que mira con pesimismo su futuro.
¿Qué sucedió con Rajoy? Hubo una recuperación en la convergencia europea de nuestra riqueza, situándonos en el 85,53 por ciento (2,19 puntos por encima de Zapatero), después de padecer la profunda crisis que heredó de él y evitó una intervención de Europa como la que padeció Grecia. No fueron años brillantes, pero supo esquivar lo más duro de la crisis con medidas eficaces criticadas por los mismos que la habían provocado (la austeridad siempre ha sido criticada por la izquierda, que gasta el dinero que no es suyo con gran facilidad).
Los años de Sánchez merecen una consideración aparte, pues ha logrado batir varios récords simultáneamente: la presión fiscal ha subido del 35,4% al 38,3% en cinco años, muy por encima del promedio de la Comunidad Europea, lo que está afectando de modo notable al poder adquisitivo de las familias (2.200€ menos por familia). Seguimos en niveles de paro difícilmente aceptables, de modo especial el paro juvenil, a lo que añade el propósito de maquillar las estadísticas con los fijos discontinuos, suprimidos de la cifra oficial (alrededor de 700.000 trabajadores). El silencio de los sindicatos es elocuente, que pastan cómodamente en el rebosante abrevadero común. Y la enorme deuda pública -perversa para la próxima generación- se ha generado sobre todo para hacer frente a gastos corrientes y no de inversión y, por tanto, actúa en contra de un desarrollo sostenible. La subida del Salario Mínimo Interprofesional (SMI), sin el acuerdo de los empresarios, forma parte de una medida populista que entorpece en gran medida la entrada en el mercado de trabajo de las personas menos cualificadas y los colectivos más afectados por el paro. No creen en las leyes económicas y no son más que guiños de la extrema izquierda, como sucede con el anuncio de una posible subida del IVA a la enseñanza y sanidad privadas. Da la impresión de que, en lugar de gobernar para sacar adelante el país, se dedican a manifestar sus ocurrencias tertulianas o su permanencia en una especie de continua campaña electoral.
El espectáculo de estos cien días de gobierno de Sánchez, dedicado a la amnistía solo para mantenerse en el poder, no parece la mejor muestra de lo que todos esperamos de la política y los políticos: tenemos demasiados problemas para entretenerse en bagatelas. Así es como se arruinan los países.
Francisco Errasti. Economista