"Cuando apriete la duda, que aprieta, hay que saber que uno es el tipo que dibujan sus hijos el día del padre y que nunca llegará más alto que lo que está en ese poema"

Publicado el 20/03/2024 a las 05:00
Con la del seis de julio y la de Reyes, una de las mejores mañanas del año es esta del Día del Padre, hecha de besos con sueño y despliegue de manualidades. ¿Qué haré yo con todos estos regalos de formas y de colores? Javier trae un delantal con sus manos pintadas. Hay siluetas de cosas y las niñas han hecho desplegables en los que aparezco en una representación gigantesca. Sé que de aquí en adelante iré haciéndome más pequeño poco a poco hasta desaparecer, pero todavía no. También me han regalado un libro en el que debo contarles cómo es mi vida y se resolvería con una frase: sois vosotros. De verdad te digo, Macarena, que me gustaría ser ese de los dibujos, tan grande y sonriente, tan contundente como un oso amable, ajeno a la desdicha, a la desesperación y a este humor de perros que me gasto con el paso de los años. Quizás se trate simplemente de ser el tipo que aparece en los dibujos, feliz, grandón y desenfadado, alguien pintado en dos dimensiones y en las mismas proporciones de un niño que no paró de crecer. Cuando apriete la duda, que aprieta, hay que saber que uno es el tipo que dibujan sus hijos el día del padre y que nunca llegará más alto que lo que está en ese poema impreso en una hoja verde y enmarcado con macarrones que dice lo que todos los poemas del día del padre. Hace tiempo que duele asomarse a la galería de fotos del teléfono, que es un recordatorio del tiempo que pasa, de la velocidad de las cosas que suceden mientras uno está a otra cosa: a la reunión, al cabreo porque no han recogido la habitación, a lo de Sánchez, a lo que sea que no fueran ellos. Sé que uno de nosotros mirará un día esos regalos con los ojos de la memoria y se dará cuenta de que la vida pasó demasiado aprisa. El día del padre, uno adquiere un lugar en la memoria de sus hijos y sabe que algún día se aparecerá en ese mismo momento, sentado ahí desayunando, celebrando el posapapeles de barro con forma de manita, ahí aguantando el tirón, la sonrisa con el lagrimón asomando ante la pregunta de si Papi, ¿te pasa algo?, y respondiendo que “nada, hija. No me pasa nada”.