"Nos quedamos encerrados, cada uno en su casa y Fernando Simón en la de todos"

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Rosa Palo

Publicado el 17/03/2024 a las 05:00

El 13 de marzo de 2020, mi amiga Marga cumplía años. Era viernes, y se había mosqueado conmigo el miércoles. “Hija, ¿pero por qué no queréis venir a celebrarlo? ¿Es que os vais a quedar encerrados aquí en Elche o qué?”, me soltó por teléfono.

Afortunadamente, Marga es psicóloga, no pitonisa, pero ni siquiera todos los participantes de El castillo de las mentes prodigiosas hubieran adivinado la magnitud de lo que iba a ocurrir. Porque sí, nos quedamos encerrados, cada uno en su casa y Fernando Simón en la de todos.

He repasado los artículos que escribí entonces porque una especie de neblina extraña opaca el recuerdo de aquellos días. Al releerlos, parece que todo eso le hubiera ocurrido a otra persona: que fuera otra la que aplaudía a las ocho, la que volvía del supermercado con el ticket de compra en la mano convertido en un salvoconducto, la que transformó su casa en un estudio para hacer videoconferencias, la que amasó pan sin levadura, la que pasó miedo, la que hacía gimnasia a media tarde, la que iba como un hámster loco de la cocina al salón, del salón al dormitorio, del dormitorio al baño, del baño a la cocina y vuelta a empezar. No reconozco a esa tipa que se acostumbró a vivir una vida a medias, descafeinada, en barbecho.

Entre tanta columna, descubro una frase que anoté (o que anotó la otra, no sé) el 24 de abril. Es de Marguerite Duras: “Somos la vanguardia en un combate sin nombre, sin armas, sin sangre vertida, sin gloria, la vanguardia de la espera”. Pero, mientras esperábamos, sí hubo mucha sangre vertida y mucho miserable que chapoteó en ese charco de sangre para aprovecharse de la tragedia.

Dirán que tampoco se reconocen; que no eran ellos, sino los otros. No, son los mismos.

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