Carta de los lectores

“Voy en villavesa y no llego”

Una persona espera la llegada de una villavesa en una parada del centro de Pamplona
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Una persona espera la llegada de una villavesa en una parada del centro de Pamplona
Una persona espera la llegada de una villavesa en una parada del centro de Pamplona

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Carla Bergantiños Gonzalo

Publicado el 02/03/2024 a las 08:09

El servicio de villavesa se está volviendo con el paso de los años uno de los medios más utilizados en la comunidad navarra. El porcentaje mayoritario de pasajeros semanales lo componen los estudiantes y trabajadores, sin mencionar al resto de ciudadanos, haciendo de ellas uno de los vehículos más empleados en Pamplona.

Las villavesas no sólo se consideran una buena solución a una gran parte de las emisiones de dióxido de carbono de nuestra Comunidad (un paso más en el proyecto “Movilidad sostenible”), sino que también una oportunidad excepcional para todas las familias que prefieren utilizar el transporte urbano por cuestiones económicas (debido al reciente aumento del coste del combustible) y, cómo no, un comienzo en el intento de la disminución de la saturación del tráfico en la ciudad.

A pesar de todo esto, por mucho que cada año más y más personas se introduzcan en esta nueva costumbre, los ciudadanos no vemos que la frecuencia de las villavesas se ajuste al número de pasajeros que trasladan. Villavesas con frecuencias de una hora que se saltan paradas, que no abren sus puertas, que, en verano, no tienen aire acondicionado, etc. Como adolescente navarra que utiliza este vehículo, he de decir que en mis quince años de vida, no he visto tanta irregularidad y desorden en el transporte urbano de la comarca. En ocasiones, utilizo villavesas con frecuencias de diez minutos, como la 4H o la 4V, en las que uno ni siquiera puede moverse. Villavesas que no frenan en las paradas porque no admiten a más personas, o que tardan treinta minutos en llegar a un destino al que se llega en diez. Por otro lado, están las villavesas con frecuencias de cincuenta minutos, como la 23, que transporta cada mañana una media de veinticinco estudiantes. Y eso ignorando las decenas de adolescentes que utilizan lanzaderas como remedio al transporte urbano, que exige a las personas ajustarse a su prolongada frecuencia. No quiero referirme a los jóvenes sólo (sino también) a toda la población Navarra en su conjunto cuando afirmo con certeza que estamos saturados de que rechacen nuestras propuestas y que ignoren nuestras reclamaciones. De que se haga caso omiso de todas las quejas que ponemos, no sólo los ciudadanos, sino también los propios autobuseros; que están sometidos a incesantes horas de trabajo y altos niveles de estrés.

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