En mitad de la niebla

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Jose Murugarren

Actualizado el 11/02/2024 a las 11:02

En mitad de la niebla, de noche, temí que surgieran los monstruos como en la novela de Stephen King. Con la bruma densa y desplegada en una carretera perdida me inquietó recordar la historia de la chica de la curva que se cuenta lo mismo en Belate que en Sevilla. La de la mujer que hace autostop y al subir al coche le suelta al conductor para su estremecimiento que en esa curva ella se mató. Navegaba en este desasosiego cuando una conductora me adelantó. ¡Qué alivio!, pensé, felizmente dirigido por los pilotos brillantes de su coche que me ayudaban a mantener los límites de la carretera. La mujer circuló unos kilómetros con una agilidad inusual en la bruma y redujo después. “Normal”, me dije. Moverse en esas condiciones exige una concentración que se puede sostener un rato pero requiere descanso. La imaginé con la atención desplegada, esforzadamente consciente de las pendientes o la raya continua de la calzada…, hasta que por efecto de la tensión los ojos debieron hacerle chiribitas y levantó el pedal. Ahora se desplazaba despacio, apenas a 30 o 40 kilómetros por hora. Seguir sus luces resultaba más tranquilizador que circular delante en medio de una nebulosa inquietante. Entramos en un pueblo. Las casas aparecían definidas por la base gracias al haz de la luz y se desdibujaban por la niebla en cuanto se ascendía con la mirada. El coche que me antecedía anunció con el intermitente que paraba y se echó a un lado. ¡Abandonaba la ruta! Me vi huérfano, sin referente a quien seguir y convertido en cabeza de una expedición de la que solo yo formaba parte. La salida del pueblo me devolvió los fantasmas. Mi mente viajaba de la chica de la curva a las criaturas de Stephen King y yo titubeaba al volante entre la niebla. Un chorro de luz por detrás reforzó mi indecisión … Temí que alguien se acercara a la ventanilla y me dijera…,” en esta curva yo me maté”. Lancé un ojo miedoso al retrovisor y vi la matrícula del coche de la mujer que había circulado delante. Me urgió con sus luces largas como diciendo “¡vamos chaval, a qué esperas! Yo he podido, me la he jugado, te toca a ti”. Entonces entendí. Era mi turno. Abrí los ojos y pisé el acelerador.

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