"Acalla cualquier atisbo de crítica como voces que pertenecen a la “fachoesfera”, un neologismo de barra de bar con aspaviento hiperbólico"

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Juan Gracia Armendáriz

Publicado el 04/02/2024 a las 05:00

Nunca pensamos que un político pueda llegar a ser un payaso involuntario. George Bush llevó este papel al paroxismo; de hecho, no albergaba ninguna duda sobre su propia idiotez, y de ello dio buena muestra en una rueda de prensa a bordo del avión presidencial, el 4 de junio de 2003: “… no soy, lo sabe todo el mundo, lo que suele decirse una persona analítica. No dedico mucho tiempo ni a pensar en mí mismo ni en por qué hago lo que hago”. De forma inconsciente, como no podía ser de otro modo, estaba dando los primeros pasos hacia lo que hoy llamamos la “posverdad”. En 2015, el Diccionario Oxford la seleccionó como una de las palabras más importantes de aquel año. Entonces quizá aún no teníamos muy claro qué significaba, pero los lexicógrafos ya anotaban algunas características, como la preferencia por los llamamientos a la emoción y a la creencia personal en la formación de la opinión pública por encima de los hechos objetivos. La realidad fue enviada al geriátrico. Fue el año en que la falsedad en estado puro entró en el léxico mundial, disfrazada de eufemismo. Donald Trump, otro payaso pero sin ninguna gracia, denominó a las falsedades que él mismo pronunció en diversas declaraciones, como “hechos alternativos” e “hipérboles veraces”, adobadas de emoción. Como bien recuerda Andrés Barba en su ensayo La risa caníbal: “Si la posverdad fuera un chiste, recordaría mucho a aquel del padre y el hijo en que el hijo pregunta qué está más cerca, si Cuenca o la Luna, y el padre responde que obviamente la Luna, porque ¿acaso puedes ver Cuenca desde aquí?”. El gobierno ha introducido con éxito la “hipérbole veraz”, según la cual es mejor que gobierne la izquierda a cualquier precio; y acalla cualquier atisbo de crítica como voces que pertenecen a la “fachoesfera”, un neologismo de barra de bar con aspaviento hiperbólico, como aquella “horda reaccionaria” que arrebató a Sánchez las elecciones municipales. Y así, entre hechos alternativos, cambios de opinión y posverdades nos va quedando un país de trampantojo.

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