Retos para el nuevo obispo
El relevo al frente del arzobispado de Pamplona y el obispado de Tudela, donde Florencio Roselló sucede a Francisco Pérez, es un hecho relevante para la sociedad navarra

Publicado el 27/01/2024 a las 05:00
Los valores cristianos han impregnado y modelado nuestra sociedad durante siglos, igual que la de toda Europa. Somos lo que somos gracias a esta herencia. Navarra, especialmente, ha sido una tierra fértil de vocaciones religiosas en la primera mitad del siglo XX, lo que no es sino una muestra de esta sensibilidad religiosa de nuestro pasado cercano. Es verdad que la realidad social del siglo XXI es muy distinta, que el proceso de secularización ha sido muy intenso en las últimas décadas y que no se ha detenido. Se ha pasado de una religiosidad de masas a otra desde el convencimiento personal y mucho más reducida en número. Sin embargo, la Iglesia sigue siendo todavía una realidad pujante en muchos ámbitos. Especialmente en el educativo, con miles de familias deseosas de que sus hijos sigan recibiendo estos valores en la escuela, o en el de las labores sociales, que van desde la gestión de residencias de ancianos a entidades tan carismáticas como Cáritas o Manos Unidas. Esta realidad de cambio, de menor presencia y repercusión social, de secularización galopante, es todo un reto para el nuevo arzobispo, igual que lo ha sido para su antecesor, Francisco Pérez, que ha lidiado con acierto tiempos muy complejos. Florencio Roselló es un hombre de marcado acento social que llega del duro mundo de la pastoral carcelaria y que responde al tipo de obispo del papa Francisco, “un pastor que huela a oveja”. Porque este pastor se va a encontrar con la necesidad de afrontar el rápido envejecimiento y la escasez de sacerdotes, muy apremiante ya. Hay 360 sacerdotes en Navarra para 735 parroquias. Pero también se va a topar con la necesidad de renovar las fórmulas para llevar el mensaje del Evangelio a las nuevas generaciones y poner en valor su vigencia en un entorno laico o la de gestionar sin fracturas la rica diversidad interna de la Iglesia a través de sensibilidades muy diferentes. Y, por supuesto, la Iglesia, como institución humana, no está exenta de controversias. Los casos de pederastia (muchos menos de los que algunos pregonan pero todos exactamente igual de condenables) o la inmatriculación de bienes inmuebles (donde algunos grupos políticos ven excesos) son las que salpican el presente. Y aunque algunas críticas se planteen desde el sectarismo, toca encararlas con argumentos y con responsabilidad como corresponde a una sociedad democrática donde todas las instituciones están sujetas al debate público.