"Alguien me dijo en una ocasión que las rancheras 'maridan bien en la sobremesa', en ese momento en el que los comensales enfatizan lo que comparten"

Actualizado el 28/01/2024 a las 10:35
Acaba de salir de la ducha el hombre que cantaba “Y volver, volver” tras una sesión de gimnasio. Se mete en uno de los vestuarios cubierto con una escueta toalla y sin perder afinación entona “llegaré hasta donde estés, quiero volver, volveerr, volveer…”. Lo hace con sonriente disposición y hasta se mueve de un lado al otro con una alegría impropia del lunes. Lo imagino con sombrero y traje charro, elegantemente pertrechado. Mientras me enjabono la cabeza recojo su testigo cantarín y tarareo con disimulo la ranchera que dejó sin terminar. Para mí sería una temeridad aspirar a su lucimiento vocal. En la ducha de al lado hay un tipo que canta otro clásico mexicano. “Fue tan poco tu cariño para mí que ahora el que tienes, otro amor lo gozará, sabrá Dios quién, qué buena suerteee”. No sigo dando detalles de la letra. Esto es una columna y el espacio es el justo pero vaticino que se sabe entero el tema de Rocío Dúrcal y que su disfrute de agua y jabón no va a terminar antes que la canción. ¿Por qué tienen tanto éxito las rancheras?, me pregunto con la cabeza llena de champú. “Pero no me pidas que te vaya yo a olvidaaar. Es imposibleee”, sube la energía mi vecino cuando la melodía alcanza su momento más exigente. Entre el agua caliente y el gel elucubro y sonrío. Aquí todo lo celebramos organizando comidas, de amigos y familiares, del equipo del hijo, o de la cuadrilla de la carrera y las reuniones de trabajo con comida. Siempre reunirse y comer. Alguien me dijo en una ocasión que las rancheras “maridan bien en la sobremesa”, en ese momento en el que los comensales enfatizan lo que comparten…, afición, objetivos, amistad y qué mejor que acreditarlo con una música festiva para reforzar la sensación de alegre camaradería del grupo. Cuando el hombre sale de la ducha otro lo saluda. “El sábado tenemos comida en la sociedad”, le recuerda. “No te olvides la guitarra para los postres. Vamos a repasar el repertorio mexicano”. El aludido se cubre con una toalla, camina erguido como un torero hacia su cabina, estira el cuello, se pone en jarras, se gira y canta: “Ojalá que te vaya bonito. Ojalá que se acaben tus penas, que te digan que yo ya no existo, que conozcas personas más buenas ” y entra en la cabina. “¡Nos vemos el sábado!”, grita.