"Lo de quejarnos y suspirar es consustancial a nuestra condición de varones. Ellas lo asumen y, ya puestas, también nos cuidan"

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J.R. Alonso De La Torre

Publicado el 22/01/2024 a las 05:00

Unos días me toca cuidar a mi nieta, otros días atiendo a mis padres. Mi suegra vive enfrente de casa, así que come con nosotros y también hay que estar pendiente de ella.

La nieta tiene siete meses y los padres y la suegra son nonagenarios. Pertenezco a una generación que, por lo visto, se llama sándwich y se dedica a cuidar por arriba y por abajo hasta que llegue el momento en que cuiden de nosotros, algo que, intuimos, no va a suceder nunca. Así que cuando acabemos de cuidar a unos y a otros, empezaremos a cuidarnos a nosotros mismos. Hay que reconocer que el panorama es desalentador a menos que aprendas a asumirlo y a animarte.

Combato esta situación quejándome, que es la peor manera de superarla. Me imagino cuidando durante el resto de mi vida, sin poder realizar ninguno de mis sueños aparcados para cuando fuera mayor y no tuviera responsabilidades: pasar el otoño en Italia, disfrutar del invierno en Azores, combatir el calor en Asturias…

Me ha dicho un psicólogo que, en vez de quejarme tanto y hacer planes imprevisibles, debo ensalzarme, alabarme, caer en la cuenta de que quienes cuidamos estamos realizando un bien social y haciendo felices a nietos, hijos y padres. Pero nunca pensamos en eso, que, en el fondo, es lo verdaderamente importante.

De todos modos, soy un poco pretencioso. En realidad, quien cuida de verdad a mis padres es mi hermana y quien atiende a mi suegra y a mi nieta es mi mujer. En casa, se cumple la última estadística del CIS: las mujeres dedican 6.8 horas cada día a cuidar y los hombres solo 3.8 horas. Pero lo de quejarnos y suspirar es consustancial a nuestra condición de varones. Ellas lo asumen y, ya puestas, también nos cuidan.

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