"Me tumbé sobre la arena y sentí algo que parecía el latido profundo de la tierra, o era mi corazón que retumbaba en aquel silencio"

Publicado el 15/01/2024 a las 05:00
Llegué a mi destino después de un largo viaje, pero no les pasó los mismo a las maletas, que debieron hacerse un lío en Casablanca, o tal vez en Madrid, donde había huelga y eso debió ocurrirle a muchos más viajeros que se lamentaban del trastorno, pues la mayoría de ellos hacia allí trasbordo a otros ciudades de África. La mayoría eran cooperantes, funcionarios, expertos; todo ese nutrido grupo que no se sabe hasta qué punto consigue sus objetivos, pero son ya un sector muy próspero en los países donantes y ayudan a lavar nuestras culpas. También había viajeros empedernidos, de esos que nada más sentarse cuentan que Myanmar ya no es lo que era, que Bali está echado a perder y que en no sé qué resort en la sabana se veía cazar a los leones. Está claro que tampoco aquí las cosas son como antes. Frente a ellos sentí que apenas me había movido en años. Pero yo tenía hace mucho el deseo de este viaje al desierto y al poco de llegar ya di mi primer paseo sobre las dunas, pisando una arena finísima que, una vez dentro del puño, caía como en un reloj midiendo un tiempo infinito, pues sus granos minúsculos tal vez conocieron el océano. Todo a mi alrededor era una línea suave, ondulante, femenina; laderas de color naranja batidas por un sol redondo en medio de un cielo purísimo que seguían hasta el horizonte. Un lugar así, vacío y sin nada, serena y en cierto modo lo contiene todo. Me tumbé sobre la arena y sentí algo que parecía el latido profundo de la tierra, o era mi corazón que retumbaba en aquel silencio. Todo estaba tranquilo y perfecto. Pensé que un día aquí en realidad es todos los días. Luego recordé que el desierto, dicen, guarda un mensaje para cada uno que hay que saber escuchar. Apliqué el oído y afiné la mente, pero lo primero que me vino a la cabeza fue la imagen de mi maleta perdida, llena de cosas que de pronto sentí que no necesitaba para nada. Luego imaginé muy lejos de allí todas las maletas perdidas que seguían girando en una cinta de la que yo, por unos días, había logrado escapar.