Por los belenes a Belén

Publicado el 22/12/2023 a las 05:00
El 2 de diciembre de 2019, primer domingo de Adviento, el papa Francisco llegó al fascinante santuario franciscano de Greccio, provincia de Rieti, región del Lazio, y firmó allí una Carta apostólica sobre el significado y el valor del “nacimiento” o “belén” navideño (presepe o presepio, en italiano).
En diciembre de 1223, hace ahora ochocientos años, Francisco de Asís, que acababa de llegar de Tierra Santa, entonces dominada por los turcos, llegó a ese pequeño y elevado lugar montano, en medio de la Península Itálica, rodeado de bosques de encinas, y encargó a un paisano llamado Juan que le preparase un portal, como el que describe el evangelista Lucas en su Evangelio de la Infancia.
El 25 de diciembre de ese mismo año, llegaron a Greccio muchos frailes, así como gente de la comarca, que trajeron flores y antorchas. Cuando llegó Francisco de Asís, encontró el pesebre con el heno, el buey y la mula. Después el sacerdote celebró allí mismo la misa de Navidad, mostrando así el vínculo entre las dos celebraciones. Aquella noche, en el presepio de Greccio no había figuras: el primer belén lo figuraron y configuraron todos los presentes. No es sorprendente que Tomás de Celano, el primer biógrafo del santo, nos cuente que uno de ellos -¡ y poco nos parece!- viera acostado en el heno al mismo Niño Jesús.
Desde entonces, si es que esa fue la primera vez, aquella bella y santa costumbre se extendió por la cristiandad, y los belenes fueron poblándose de figuras navideñas: dentro del portal, Jesús, María y José (el Misterio), y la mula y el buey junto a ellos; fuera del portal, los ángeles, los pastores, los magos, y todas las añadidas por la experiencia y la imaginación de los artistas.
Muchos millones de personas en todo el mundo han ido sintiendo, casi tocando, a través de los belenes, la fragilidad, la pobreza, la cercanía, la humanidad del Hijo de Dios en la carne, nacido de una mujer llamada María. Durante siglos hemos ido copiando, de la mejor manera posible, la escena narrada por el ilustrado evangelista Lucas, maestro, igual que Mateo, en narraciones, parábolas y toda clase de géneros literarios, añadiendo por nuestra parte todo lo mejor que podíamos imaginar.
El arte del belenismo ha llegado a ser un capítulo precioso de las artes figurativas y decorativas, conocido y admirado en el mundo entero, desde los célebres presepi napolitani del siglo XVI, hasta la exposición anual de los belenistas de Pamplona, o de los jubilados de Olazagutia, que visito todos los años. O de cualquier lugar, por ignoto que sea.
Pero importa más el belén que cada familia monta en su propia vivienda. En la Carta apostólica del papa, arriba citada, Francisco va recordando los elementos más destacados de los belenes caseros: el cielo estrellado y el silencio iluminado de la noche; las ruinas de casas y palacios, convertidos a veces en grutas divinas, inspiradas en la “Leyenda Áurea”, de Jacobo de Varazze o Voragine, de que el templo de la Paz se derrumbaría el día en que una virgen diera a luz; la estrella y los ángeles; los pastores, representando a los más pobres de la tierra; y antes de la Epifanía, los magos, “unos ricos y sabios extranjeros”. Allí lejos, el palacio de Herodes, “sordo al anuncio de la alegría”.
Luego vienen las figuras imaginarias, que no estaban en el Belén evangélico, pero están en la vida cotidiana de todo el mundo: desde el herrero al panadero, desde mujeres con cántaros a niños jugando, que representan “la santidad cotidiana”, la alegría de las cosas de cada día. Todo habla del amor de Dios en el belén, del Dios que se hace hombre.
Y poco a poco el belén, los belenes nos llevan a Belén. Mateo dice que Jesús nació allí, y Lucas lo confirma, así como otros autores neotestamentarios. Solar natalicio del rey David, Belén es también solar metafórico de Jesús de Nazaret, entendido y aclamado como nuevo David, Mesías davídico, nuevo rey de los judíos, nuevo Señor y Salvador frente a los emperadores romanos. Nos llevan, quiero decir, igual en Nazaret que en Belén, al prodigio de la Encarnación de Dios, al Nacimiento de Dios, prodigio y misterio sumo, porque sabemos bien cómo es el hombre, pero no sabemos cómo es Dios.
Hay estrellas que no son de Belén, sino de hielo o de competencia comercial. Luces, que no son del cielo. Y fiestas del solsticio, de fin de año o de invierno, pero no de Navidad. No hay fe sin transmisión y contagio. Y si la fe, como todo valor, no se cultiva y celebra, desaparece. Los belenes son tradición popular, que vale por un catecismo y por muchos rollos doctrinales. Un verdadero patrimonio cristiano, espiritual y cultural, de la Humanidad.
Víctor Manuel Arbeloa. Escritor