Opinión

Moción en Pamplona

Ramón Alzórriz, en la rueda de prensa del PSN de este miércoles
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Ramón Alzórriz, en la rueda de prensa del PSN de este miércoles
Ramón Alzórriz, en la rueda de prensa del PSN de este miércoles

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Iñaki Iriarte

Publicado el 17/12/2023 a las 05:00

La existencia de un regionalismo, fuerista y navarrista, con implantación en toda Navarra y una eficaz gestión en su haber, es el principal quebradero de cabeza de la izquierda abertzale. El gran problema que deben solucionar antes de emprender su hoja de ruta y “pasar de pantalla” en su estrategia de construcción nacional.

A las demás formaciones constitucionalistas, incluyendo al PSN, puede despacharlas, conforme a su modo de pensar, como meras delegadas de la metrópolis. En el caso del regionalismo navarro, en cambio, esa crítica se vuelve en su contra y es ella la que se revela como la sucursal de un proyecto diseñado y dirigido desde fuera de la Comunidad Foral.

El regionalismo navarro nace de la propia Navarra. Pone a ésta en el centro de su discurso y, no obstante, afirma sin complejos su esencia española. Nada solivianta más al abertzalismo que esto. Para el regionalismo, España no es un Estado extranjero que nos mantiene sometidos desde hace 500 años, sino la patria común que los navarros reconquistamos y construimos junto a los demás españoles. El que la monarquía navarra fracasara a la hora de liderar la reunificación de la península, no hace a la Nación común menos nuestra. Independizarnos, en otras palabras, significaría abandonar nuestro propio hogar.

El regionalismo navarro niega además que Navarra tenga que incorporarse a un sujeto político “vasco”. No rechaza que la lengua y la cultura vascas formen parte del acervo de muchos navarros. Éstos no son ni quintacolumnistas, ni menos navarros. Pero al igual que existen estos navarros euskaldunes, hay otros -más numerosos y que tampoco son quintacolumnistas ni navarros castrados- que carecen de esa identidad cultural. Y puesto que Navarra no es sólo, ni principalmente, euskaldun, tampoco será capaz de cohesionarla ningún proyecto político que quiera imponer ese rasgo particular a todo el conjunto (como tampoco podría hacerlo, desde luego, quien lo menosprecie).

Navarra tuvo una trayectoria histórica diferente a la de las provincias vascas. E inevitablemente esto generó una identidad política propia. El navarrismo tiene su razón de ser en la defensa de la continuidad jurídica de esa identidad compartida por todos los navarros frente a las fantasías abertzales. Éstas eran racistas y reaccionarias a principios del siglo XX y hoy, paradójicamente, son “hiperprogresistas” y “turboglobalizadoras”. Durante mucho tiempo las invenciones abertzales solo engañaban a los turistas y los recién llegados. Hoy, merced a una constante labor de pico y pala cultural y educativa, convencen a uno de cada tres navarros. Quienes todavía somos más tenemos que hacerles ver que el nacionalismo no nos fortalece, sino que nos divide y enfrenta.

La moción de censura pactada por el Partido Socialista, EH Bildu, Geroa Bai y Sumar (no se nos olvide, una amplia mayoría tanto en Pamplona como en Navarra) debe interpretarse en el contexto de esta pugna ideológica. La izquierda abertzale (encarnada en el pasado por Herri Batasuna y hoy almibarada por EH Bildu) necesita hacer desaparecer como sea al regionalismo navarro. A medio plazo, necesitará también de la desaparición de cualquier atisbo de nacionalismo moderado. Su proyecto político, como el de todo movimiento que quiere redimir una colectividad de su propio pasado, tiene una profunda impronta totalitaria y requiere que sólo ella pueda ejercer el monopolio de lo identitario. Todos los jóvenes deben ser como ella los ha diseñado, sólo deben escucharse sus grupos de música, sólo su literatura debe figurar en los estantes de las bibliotecas, solo sus historiadores han de dar charlas, sólo sus periodistas, sus televisiones, sus revistas, sus sindicatos, sus profesores, sus dantzaris, sus peñas, sus asociaciones, su ecologismo, su feminismo, sus euskaltegis, sus bares, sus pancartas, sus pintadas. Solo sus listas electorales. En unos años serán sólo sus funcionarios y sus policías. Todo lo que tocan lo convierten en un mecanismo servil, porque no conciben que pueda haber otra forma de vivir y de pensar que no sea la suya.

Por eso, el apoyo del Partido Socialista de Navarra a la moción de censura de Bildu para hacerse con la alcaldía de Pamplona es mucho más grave de lo que sus dirigentes pretenden creer. Entregarles Pamplona suponer entregarles el mayor espacio de poder del que van a disponer por el momento para aplicar su ingeniería social (la suave, la dura no terminó de funcionar) sobre cientos de miles de navarros. Ni Alzórriz se cree eso de que, en realidad, los han conducido al redil del constitucionalismo. Es el PSN el que se ha conducido fuera de él por seguidismo a un líder que ha jugado ya todas sus cartas. Su desaguisado lo tendrán que arreglar quienes los echen.

Iñaki Iriarte López. Profesor de la EHU/UPV y parlamentario foral de UPN

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