Vivimos en una burbuja social plagada de "engaños"

Publicado el 14/12/2023 a las 05:00
Vivimos en un entorno sociopolítico en el que se lee y escucha constantemente expresiones tales como “esta persona es una mentirosa”, “la política es un engaño constante”, “no podemos confiar en ninguna autoridad”. Son reflejos de los sentimientos que fluyen de la mente de muchas personas un tanto saturadas de tristeza, inseguridad y desilusión dadas las consecuencias que puedan colegirse en la aplicación desconcertante de determinadas disposiciones gubernamentales. Realmente que la mentira y el engaño son parte, queramos o no, de la comunicación humana en numerosas situaciones, bien sean relacionadas con la amistad, el trabajo o la política. Mas, ¿por qué nos engañan?, ¿qué papel desempeñan, por ejemplo, en la política?, ¿cuál es la personalidad del mentiroso?, ¿qué emociones genera en los receptores?, ¿cuál debe ser la actitud o respuesta de los mismos? Estas y otras preguntas parecidas se hace cualquier ciudadano en estos momentos en nuestro país. A continuación, intentaré pensar en voz alta sobre ellas. En el ámbito oficial nos engañan porque no quieren que sepamos la verdad, pues temen los efectos personales, legales o de otra índole de lo que hacen e imponen; evitan la posible vergüenza que pudieran sentir si se descubren sus acciones; cuidan el deterioro de su reputación y de su imagen, etc... Los mensajes engañosos no son altruistas, es decir, no buscan armonía social, superar conflictos, frustraciones o proteger la intimidad de las familias. Sus falacias, pues, no son protectoras. Y a la larga, cuanto mayor es el rango social del mentiroso más tiene que perder, pues menor es su tendencia a reconocer que ha ocultado algo o que ha cometido un acto reprobable.
La mentira desempeña el papel de adormecer, de acallar a la población menos crítica para que no perciba la realidad social, dura y difícil que evidencia en algunas instituciones. También busca describir un país estable, seguro y coherente en todos los campos. Por ello, los gobernantes, acudiendo a diferentes tipos de mentiras, nos sugieren que es bueno creerles, que es correcto caminar con ellos en la senda que nos ofrecen. Por mera prudencia, tenemos que ser conscientes de que numerosas afirmaciones de un político tienen una gran probabilidad de ser irreales. Por ejemplo, cuando afirman buscando intereses espurios: “se espera que la economía mejore definitivamente el próximo año”, “la crisis ha tocado techo” o “es conveniente aceptar el cumplimiento desigual de las leyes”. Las autoridades oficiales no tienen tiempo para pensar qué decir ante una pregunta incómoda formulada por la prensa o la ciudadanía. Esta tarea la realiza sus “asesores”, así después salen airosos en su empeño de confundir.
Los rasgos emocionales, cognitivos y sociales de la personalidad del mentiroso están bastante estudiados, los cuales interaccionan entre sí y se proyectan en mayor o menor medida según las circunstancias. Sus emociones son mayormente negativas, predomina en ellas el miedo, pues es difícil que una mentira resista el contraste de los hechos o sirva para conseguir los objetivos que se deseaban perseguir con ella; asimismo la vergüenza, por si se descubre el engaño, y la culpa, casi siempre justificándose, cuando los efectos del mismo pueden ser graves. Cognitivamente, tiene capacidad para diseñar el engaño, buscar estrategias que le ayuden a no experimentar sufrimiento y controlar sus procesos mentales y motores. Socialmente, es distante, vigilante, aprovechado y dominador de sus colaboradores cercanos. Se siente autosuficiente -aunque a veces interiormente se percibe débil- pretendiendo mostrar un perfil creíble, positivo y honesto de sí mismo; no tiene principios morales, ni cumple lo que predica, se opone por norma a sus opositores, defiende sus conductas diciendo “todo el mundo lo hace”, incluso acude a vocablos agresivos. La sociedad mayormente no tolera al mentiroso, aunque puede perdonarle u olvidar una falsedad si sus secuelas no son muy llamativas. Pero cuando son trascendentes, cuando no coinciden con el interés general y además algunos grupos pretenden aprovecharse de ellas, no se perdona. Mas, ¿qué puede hacerse cuando en la sociedad algunos temas clave huelen a confusión, duda u ocultación? Primero, no aceptar ideas o valores sin antes analizarlos detenidamente. A veces, la propia ideología y las actitudes personales nos predisponen a subscribir cierto tipo de mentira que encaje con lo que creemos, con lo que nos gustaría que sucediera. Segundo, trabajar por satisfacer nuestro deseo íntimo de conocer la legitimidad y eficacia de las entidades sociales, como lo hacen algunas instituciones (entre otras, Policías, Jueces, Periodistas, Líderes espirituales). Si la verdad es el sostén de las corporaciones, ¿por qué no debe ser de la gobernanza de un país? Y tercero, formular preguntas directas a las autoridades pertinentes; si no responden a ellas, si lo hacen derivando la responsabilidad a sus opositores o callan sonriendo de forma nerviosa y desproporcionada, ello indica que en el fondo reconocen la certeza de aquello que se les reclama. Se trata de una típica mentira de ocultación. En conclusión, esta exposición responde a un anhelo de que como ciudadanos responsables nos afanemos por ser cada vez más reflexivos ante la información que recibimos y los hechos que observamos. Que la llegada de la Navidad, el Nacimiento del Niño Dios que nos enseñó con su modo de proceder lo que es Verdad, Paz y Amor siembre en nuestras mentes deseos de autenticidad y de igualdad.
María Luisa Sanz de Acedo Lizarraga. Catedrática de Universidad en Habilidades del Pensamiento y la Creatividad
