Me sujeto a la barra y descubro una acepción nueva de “no levantar cabeza”. Aquí es otra cosa

Publicado el 12/12/2023 a las 05:00
La expresión “no levantar cabeza” indica la dificultad sentida para remontar una situación difícil. Subo a la villavesa. El autobús va a rebosar. Decenas de personas se agolpan pegadas las unas a las otras en esta hora punta sin perder de vista sus teléfonos. Me sujeto a la barra y descubro una acepción nueva de “no levantar cabeza”. Aquí es otra cosa. La testa agachada sobre la luz que proyectan las pantallitas y los ojos fijos, como absortos. Unos teclean, otros parecen leer y ver vídeos pero en un estado de máxima concentración. Tan juntos circulamos que busco unos centímetros de espacio para sentirme más cómodo. Al hacerlo descubro al fondo del autobús a un amigo. Está junto a la salida. No puedo alcanzarlo así que agito los brazos para reclamar su atención. Pero no me ve. Voceo su nombre: ¡Manolo! Nada. Es uno más, atrapado por la seducción del móvil. Tal vez lee noticias, me digo, o mira si le han ingresado la nómina. Quizás comprueba si recibió las entradas para ir al teatro o una oferta de vino en el supermercado. ¡Manoloo!, vuelvo a llamar esta vez proyectando mi voz con energía. Camino hacia él y sorteo la mochila de un adolescente más inclinado que el resto precisamente porque suma al teléfono el peso que carga en la espalda. Avanzo. Topo con un señor obeso en mitad del pasillo. También mira el móvil. Pido disculpas y continuo. Estoy más cerca. Grito de nuevo ¡Manolooo!, pero mi amigo ni se inmuta. Lleva auriculares. Estará metido en uno de esos podcast que le entusiasman. Antes los teléfonos eran para hablar, me digo. Ahora ofrecen opciones más valoradas. Pocos hablan. ¡Manolooo!, insisto sin esperanza. Y avanzo. La villavesa se detiene en la avenida del Ejército. ¡Manolooooo!, desgañito la ‘o’ con el entusiasmo de un forofo de Osasuna en un gol rojillo. Una pasajera me pide que no grite, un señor con bigote me reprende con la mirada y Manolo baja del autobús sin retirar el rostro del móvil. Lo miro resignado. Entonces le envío un ‘wasap’. Él, ya en la calle, levanta la cabeza sorprendido. Lo ha leído, me descubre por fin a través de la ventanilla. Sonríe y me devuelve otro ‘wasap’. -¡No me lo puedo creer! , escribe. Y se pone a reír mientras me despide con la mano antes de engancharse de nuevo al teléfono.