"El poder como conflicto y felicidad"

"La política no suele someterse demasiado a la moral. En muchos casos, el político no se distingue por cultivar la verdad"

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Gabriel Asenjo

Publicado el 01/12/2023 a las 05:00

Por primera vez coincidiendo con dos guerras, en Ucrania y Gaza, la ONU, a petición del Comité Olímpico Internacional (COI), acaba de aprobar la tradicional tregua olímpica para los Juegos de París. Ningún voto en contra y abstención de Siria y Rusia que en la anterior tregua invadía Ucrania. Afortunadamente, pese a sus vicios, el olimpismo conserva todavía cierto barniz de juego limpio bajo el principio de todos iguales y neutrales.

Ya Ortega y Gasset señalaba al deporte como origen del Estado. El club deportivo como primera agrupación humana voluntaria, con fines cooperativos y de recreo, en contraste con el trabajo como esfuerzo obligatorio. Concedía al deporte un sentido cívico, como la cultura. Lo decía en los años 20. Luego cambiaría de opinión cuando el deporte se convierte en fenómeno de masas.

Lo digo porque, hablando de civismo y juego limpio, ni alrededor de un supermonetizado y emocional Barça-Madrid he visto tanto desprecio por el rival -en unos y otros- ni tanta renuncia a una ética competitiva, como el que en el reciente pleno de investidura mostraron nuestros contendientes políticos. Me pregunto qué respondería el parlamentarismo español y autonómico si el Comité Olímpico Español (COE) solicitara una tregua en la cultura de confrontación permanente de nuestra política.

Cierto que en el deporte también se practica el juego sucio, la compra-venta de resultados, la trampa, la simulación, y, como los políticos, algunos intentan influir en los jueces, pero deberíamos admitir que existe más verdad y limpieza en el universo deportivo donde el vencer a costa de lo que sea no resulta conducta tan habitual como en la confrontación política.

Por lo que observamos, la política no suele someterse demasiado a la moral. En muchos casos, el político no se distingue por cultivar la verdad. El ring político suele verse como ese espacio donde todo lo que se dice que no se va a hacer se hace porque el engaño constituye un valor.

Pero detrás del telón de la política se esconde algo que atrapa. Es ese goce por ostentar lo que otros no tienen: esa especie de medalla olímpica que es el poder. El poder que concita conflicto y felicidad.

Se observa el poder como algo superior y, por ello, los seres humanos pretendemos ascender a lo elevado. Diría Freud que es un deseo inconsciente, una pulsión, una excitación, un estado de tensión con cierto narcisismo. Observamos la lucha por el poder como algo consustancial a nuestra especie y a buena parte del reino animal. Algo que nos conduce al conflicto en todos los ámbitos: en la familia, en las grandes empresas, en la cultura, en la iglesia, la banca, la universidad o en el patio del colegio. Foucault sostiene que el poder lo concede el conocimiento, pero no se posee, se ejerce como estrategia, porque el privilegio de gobernar delata influencia para conseguir que otros terminen pensando como nosotros. Supone posición, rango, dominio y, por tanto, nos proporciona fascinación.

Naturalmente no me refiero a esos políticos de servicio 24 horas a sus vecinos en localidades pequeñas, ni a esos que se jugaron la vida gratis ante la crueldad del terrorismo ni a aquellos pioneros de la Transición que, si cobraban algo, cobraban en la comisaría para que ahora les critiquen. Me refiero a los que parecen declararse alumnos de Maquiavelo que enseñó a los príncipes cómo ser más poderosos ante el rechazo de sus ciudadanos convirtiendo la política en un arma para envilecer el alma de sus súbditos.

Son los que con innegable capacidad para ejecutar el quítate tú para ponerme yo, se rodean de amistades peligrosas, con la extrema derecha o con secesionismos de tinte supremacista. (Aunque no se esté de acuerdo habría que comprender el desencanto de veteranos militantes de la antigua izquierda española, una generación que soñó con la vieja utopía de que del rey abajo ninguno, y que ahora contemplan la nueva división geográfica entre ciudadanos de primera y de segunda en función de su lugar de nacimiento).

Hablo de los que se alimentan de la dieta del nosotros contra ellos. No emulan precisamente el ejemplo alemán que construye acuerdos de país a largo plazo entre los grandes partidos. Responden al actual rol de las formaciones políticas -la amigocracia- como oficinas de colocación para los más leales al líder. Y al final, la mediocridad de los protagonistas termina abonando espacio a líderes xenófobos, discípulos de Trump, vendedores de miedo y odio. Perdida la lucha de la igualdad y de la solidaridad, igual convendría observar al deporte y reflexionar que un simple equipo de fútbol o baloncesto nos suministra una lección política desde el momento que individuos diferentes en ideología, color, origen y religión se esfuerzan por un objetivo común. Igual deberíamos aprender a disfrutar mejor de la diversidad intercultural desde la igualdad, sin hacer de la diferencia y de los muros una asignatura de obligado cumplimiento.

Gabriel Asenjo. Doctor en Ciencias de la Información

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