"Se ha ido Pedro Bañales, héroe mitológico de Artajona, a un cielo de toros, de vino y de joteros"

Actualizado el 19/11/2023 a las 11:13
Se ha ido Pedro Bañales, héroe mitológico de Artajona, a un cielo de toros, de vino y de joteros y nos hemos hecho de repente más viejos de lo que ya éramos. Me cuentan que en lo suyo había más flores que en el poema ‘Ángelus’ del Platero de Juan Ramón. La muerte de Bañales, vestida de invierno y de primeros turrones en los lineales de los supermercados, hizo por esconderse al otro lado del año, lo más lejos posible del siete de julio, para que el Santo no la viera y así burlar al fin su providencial capotico. Pedro andaba en las astas hacía tiempo, torero de valor contra el tiempo y los achaques que terminaron por echarle mano hace unos días en un quirófano. Se viene desde entonces un lamento como de jota y bota en no sé qué soledades e infancias perdidas, como Navarra en fiestas, pero al revés. Ando preguntándole al Google, y no me responde, sobre la memoria escasa de los hombres de su generación que se fueron o que dejaron de estar, más bien, en un momento que era demasiado tarde para la memoria analógica y muy pronto para la digital. Así se han ido, condenados a casi desaparecer de los recuerdos colectivos y llegan al cielo muy tarde para la enciclopedia y pronto para la Wikipedia, y por eso venimos a escribirles cosas: para que no se olviden. Javier y Peuco, Valery y los críos se unen a los huérfanos de hombres extraordinarios como Mariano y Jokin, como yo, como otros muchos que andamos condenados a recordar cada vez más borrosamente y a aprender a imaginar qué hubiera hecho, qué hubiera dicho, qué hubiera pensado, y a ir olvidando cómo hubiera sonado su voz por mucho que fuera la voz de un trueno como la de Bañales. Así que se ha ido ‘Petrus’ haciendo planes para los próximos sanfermines. De este mundo hay que irse con dos abonos en el cajón de la mesilla y una silla vacía en la presidencia de la Monumental de Pamplona en la corrida de rejones el 6 de julio, con la vida recién nacida, los caballos dándole los pechos a los toros y dos pañuelos blancos colgando del balcón, señales de la victoria de la alegría, el entusiasmo, la euforia y, este año, también de una profunda ausencia.