Cartas de los lectores

Sentido de la vida y felicidad

Un atardecer
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José María Montes Andía

Publicado el 01/11/2023 a las 05:00

Raro es el día en que los medios informativos no dan cuenta de alguna noticia relacionada con problemas de salud mental: depresiones, estrés, angustia, adicciones varias, autolesiones, disfunciones alimentarias, etcétera. En particular, preocupa a los especialistas la escalada de suicidios, en los últimos años sobre todo entre personas jóvenes. Y se denuncia con frecuencia, y con razón, la falta de profesionales de la salud mental en la sanidad pública.

A veces se apuntan posibles causas objetivas: la pandemia de covid y sus secuelas, el paro, la crisis económica, familias desestructuradas… No se suele citar un agente que me parece muy importante: la falta de sentido para la propia vida. Una vida privada de sentido produce una íntima insatisfacción que en vano puede intentar llenarse con sucedáneos, como los que proporciona la potente industria del entretenimiento, el culto al cuerpo, las diversas evasiones de la realidad o incluso los psicofármacos. Son remedios para quienes viven de acuerdo con el principio hedonístico del aquí y ahora (carpe diem), incapaces de posponer lo que desean para lograr un bien mayor a largo plazo.

“Mi mayor ilusión es seguir vivo”, declaraba hace poco un famoso director de cine, obsesionado quizá por la salud. A eso se reduce el objetivo de mucha gente: conservar la propia vida terrena. Pero la realidad muestra que se puede tener una salud de hierro y tirarse uno por la ventana. Decía Nietzsche que la obsesión por la salud y la felicidad es algo propio de los que están enfermos. Los que están bien lo que buscan es algo o alguien por lo que, o por quien merezca la pena vivir, gastar la vida.

Escribe el psiquiatra vienés Viktor Frankl que “es una prerrogativa y un privilegio del ser humano no solo buscar sentido a su vida sino incluso el hecho de preguntarse si existe tal sentido. Ningún otro animal se plantea esa cuestión”. Viniendo de un superviviente de varios campos de concentración nazis, incluidos Auschwitz y Dachau, no le falta fundamento a esa afirmación. A partir de esa terrible experiencia, escribió el libro, que sigue siendo superventas, titulado “El hombre en busca de sentido” (1946), obra en la que afirma: “Estoy convencido de que no existe situación alguna que no encierre dentro de sí alguna posibilidad de sentido”.

El psicoanalista italiano Umberto Galimberti reconoce que la angustia más frecuente es la producida por el vacío de sentido, por el nihilismo, un juicio que es ampliamente compartido por destacados intelectuales de hoy. José Luis Carrasco catedrático de Psiquiatría de la Universidad Complutense, presidente de la Sociedad de Psiquiatría de Madrid, decía en una entrevista que “la salud mental está sin duda asociada al bienestar material y social, pero también y mayormente a otras cualidades personales como el esfuerzo, la honestidad, la generosidad o la capacidad de trascendencia”. Para los creyentes, desde luego, ese vacío que el relativismo o el nihilismo, tan expandidos hoy, dejan en el corazón humano, lo colma en plenitud la fe en el Amor que Dios nos tiene a cada uno, revelado por Jesucristo mediante su pasión, muerte y resurrección. Como decía santa Teresa, “solo Dios basta”.

Mi experiencia, a la vuelta de 95 años cumplidos -y perdón por la referencia personal- me lleva también a valorar mucho la relevancia que tiene la familia y el cultivo de las relaciones de parentesco y de amistad para construir, desde la más tierna infancia, una identidad robusta, capaz de afrontar las contrariedades de la vida, los fracasos, las enfermedades, la muerte de los seres queridos. Sin olvidar la importancia decisiva del hogar familiar para la transmisión de la fe y el cultivo de hábitos saludables. Estas fechas, en las que conmemoramos a Todos los Santos y recordamos a nuestros seres queridos con motivo del día de los difuntos, son una buena ocasión para traer a la memoria ideas que nos pueden ayudar a encontrar o a reforzar los motivos para vivir una vida plena de sentido, y para ayudar, a quienes nos rodean, a discernir lo que les puede hacer más plenamente felices.

José María Montes Andía

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