"China, ¿ante el principio del fin?"

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ANDRÉS HERRERA-FELIGRERAS

Publicado el 09/10/2023 a las 05:00

Tras un gran comienzo de año, los datos económicos de China echaron el freno en el segundo trimestre dando lugar al relato del verano: China no atraviesa una mala racha económica, sino que ésta es resultado de problemas estructurales que ponen en jaque su capacidad de crecimiento y -aquí está lo verdaderamente importante- seguir ejerciendo influencia en el futuro. Tras tres o cuatro meses de malos datos económicos, han aparecido una serie de narrativas (futura crisis financiera al estilo de Japón 1980, leninismo económico, divorcio entre el empresariado y las autoridades…) que apuntan a una crisis sistémica en China.

Es justo decir que el modelo económico chino tiene problemas estructurales y se enfrenta a desafíos para transitar hacia un modelo más sostenible. Esto no es nada nuevo. El proceso de transformación de la República Popular -de una economía agraria a la segunda economía del planeta- caracterizado por asombrosas cifras macroeconómicas, traía consigo problemas subyacentes que parecían no existir cuando China, presentaba como un fértil mercado para las empresas occidentales y japonesas, se consideraba integrada dócilmente en el orden post Guerra Fría. Quien, sin embargo, sí apuntaban a las dolencias del propio sistema han sido sus autoridades. Por ejemplo, ya en 2007, el entonces primer ministro Wen Jiabao describía la economía china como “inestable, desequilibrada y descordinada”, otro primer ministro Li Keqiang (2013-2023) también avisaría de los riesgos del modelo. Los problemas estructurales del crecimiento chino han estado entre las prioridades de Xi Jinping. En 2021 publicó un importante ensayo en Qiushi(求是), la revista ideológica del PCCh, apuntando una serie de problemas e indicando la necesidad de un crecimiento económico sostenible y un PIB no inflado. Esta apuesta de la actual cúpula del PCCh por el crecimiento sostenible -es decir generado por el consumo, las exportaciones y la inversión empresarial frente a las inversiones no productivas, infraestructuras o bienes raíces- crea tensiones con una parte importante de la élite china enriquecida en los primeros treinta años de la reforma. En esa brecha está parte de la explicación del proceso de recentralización del poder político en China, de los problemas en el seno del Partido-Estado y el enfado de una parte del empresariado chino con el actual discurso impulsado desde Pekín.

Pero entonces ¿esta China ante el principio del fin? ¿nos encontramos ante un punto de inflexión? La respuesta corta es no. La respuesta larga exige de mayor espacio del disponible en este artículo. Sin embargo, para que cada lector pueda asomarse a la caja negra china y construir sus propios análisis dos orientaciones para tener en cuenta. En primer lugar, en China un mayor crecimiento del PIB no significa un mejor resultado económico. Solo significa que el gobierno emplea recursos para crear actividad económica, sea o no productiva o sostenible. En segundo lugar, todo apunta a que Pekín se esforzará en reequilibrar su economía para que el crecimiento sea impulsado más por el consumo y menos por la inversión. No será tarea fácil, hay muchas inercias y resistencias y previsiblemente podríamos ver menos crecimiento, aunque este fuera de “mejor calidad”.

Por último, cuando lean sobre el inminente colapso de la economía china, pasen la página y, probablemente, en la siguiente sección le contarán que China se ha convertido en el mayor exportador de automóviles y que su dinamismo tecnológico es una amenaza. Lo uno o lo otro o…ni lo uno, ni lo otro.

Andrés Herrera-Feligreras es sinólogo. Fundación Qili Fundazioa

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