"Beso con lengua cooficial"

Actualizado el 17/09/2023 a las 10:46
Un policía nacional imputado en el 1-O ha denunciado a una manifestante independentista que le besó en la boca en una de aquellas manifestaciones y aquel jolgorio de cuyo nombre no quieren acordarse. El agente relata que se sintió violentado y ahora pide que se considere una agresión sexual aquel acto de saliva unilateral y con lengua; con lengua cooficial. Parece que entre la resistencia a la autoridad y la entrega amatoria va lo que va del porrazo al flechazo. Me estoy acordando de aquellos pollos secretas guapísimos que se liaron con unas CDR y les robaron el corazón y la información sobre su próximo golpe. Después, ellas los denunciaron, supongo que porque hacía tiempo que no escribían, ni llamaban. Entre el fuego del amor y el de las barricadas se han tejido cientos de flirteos, requiebros y revolcones. Dicho mal y pronto, hubo un tiempo en que la gente se metía en ETA para pillar cacho y, al fin y al cabo, todas las revoluciones funcionan por despecho y, si antes los policías nacionales se parecían todos a Antonio Gamero, ahora son esculturas como de Miguel Ángel. Los tiempos cambian y está bien que ni las futbolistas ni tampoco los maderos tengan que comerse las babas de nadie que no quieran ellos, pero si a los besos unilaterales les sumas la amnistía, que viene de amnesia, podremos ver cómo meten al talego a gente por dar un pico y no juzgan a los de la vulneración de las libertades, la lluvia de piedras en Urquinaona y las fallas de contenedores en las noches de furia, de fuego y de sangre. Esto, por mucho que el amor siempre se celebre como un juicio sin garantías, el amante sea un reo de la persona amada y el corazón enamorado viva preso por la más taimada de las sentencias: cuanto mayor es la dicha, mayor es la condena. Igual a España habría que coserla a besos de independentistas y maderos, y viceversa, en un federalismo de saliva, amador y morreante en el que sin duda estaríamos mucho mejor de lo que estamos con el la traición sanchista, el ceño fruncido y la rabia irracional y segregante. Desgraciadamente, con Puigdemont aprendimos que el nacionalismo no se curaba viajando y parece que tampoco mejora con los besos.