Cartas de los lectores
Enrique Pimoulier, 'in memoriam'


Publicado el 31/05/2023 a las 06:00
El 27 de mayo se cumplió el primer año del fallecimiento de mi gran amigo: el fotógrafo navarro Enrique Pimoulier, que a sus 67 años nos dejó. Una amistad que surgió en la segunda ruta a Mauritania en 1997 (la primera fue en 1995) conocida como Ruta de la luz. El motivo era que un grupo de ópticos y oftalmólogos solidarios dedicaban sus de vacaciones a recorrer el desierto de Mauritania haciendo análisis oculares a las poblaciones diseminadas por los pueblos y poniendo gafas a los que las necesitaban. De allí surgió su libro gráfico ‘En la piel del otro’ que recoge la triple fotografía que recibió el premio “Luis Valtueña” de una mujer antes y después de la intervención ocular. La sonrisa de la tercera foto con gafas denota su alegría al ver de nuevo algo que antes no hubiera imaginado poder recuperar.
Allí ambos tuvimos la oportunidad de compartir vivencias muy duras, de trabajo y de insomnios, de interrelación con el grupo a veces fáciles y otras no tanto, de forjar unas amistades, que perduran en el tiempo. Lo supo expresar muy bien Manuel Leguineche en su libro ‘El camino más corto’. Mauritania fue el lazo que unió nuestra amistad para siempre como lo expresa la canción “Tú eres mi hermano del alma, realmente el amigo” de Roberto Carlos. Aquel fue un viaje inolvidable, a los que siguieron muchos otros en diversos países. Tenía la cualidad de convertir un obstáculo en un desafío a afrontar con sentido del humor. Ese saber aceptar la vida como viene y adaptarse a cualquier situación con un talante optimista, lo convertía en el compañero ideal de viaje.
Enrique tenía una empatía particular para descubrir el mundo invisible que los demás no veíamos. Su instantánea captaba ese momento con su ojo de profesional de cámara, habituado a ver el drama oculto de los otros y a compartirlo a través de sus documentos fotográficos, que son otro modo de narrar. Una reciente exposición en El Condestable de Pamplona daba muestra de ello. Recuerdo su capacidad de conmoverse ante el dolor, sobre todo de los niños, en el Proyecto de la Madre Teresa de Calcuta o en las cárceles de Rumanía y Ruanda. Sabía llorar con los demás y, como dice la famosa frase del poeta latino Publio Terencio, “Nada humano me es ajeno”, si eso ocurría ante los desfavorecidos su dolor era más intenso. Su excelente sensibilidad para captar un instante de humanidad y hacerlo memorable en tus fotografías son el mejor relato visual legado a su comunidad Navarra. Su curiosidad no tenía límites, nada se le ponía por delante y en los momentos más difíciles su gran sentido del humor era una tabla de salvación.
Cuando leo sobre nuestras aventuras, río y lloro a la vez. Para mí los viajes por diversos países con Enrique han sido una escuela de vida que no olvidaré.