Es lo más cerca que estuve de ponerle Curro a un hijo mío

Publicado el 02/05/2023 a las 06:00
Primero de mayo, banderas de colores, poca gente en la mani de San Sebastián. Deberían haber puesto un carril de autónomos para que no les atropellen los sindicatos con sus aumentos del sueldo del no sé cuánto por ciento, la baja por maternidad de no sé cuántos meses -no sé cuántos son porque mi Elenita ha tenido tres hijos sin dejar de trabajar por cuenta propia, se pueden imaginar-, la semana de 40 horas y cuatro días. No sé para qué quiere la gente un día más de fin de semana si el domingo andan pensando en si la viga de la cuadra aguantaría el tirón de la soga.
En el cumpleaños de mi hijo Javier, ando pensando a qué dedicaría él un día extra de la semana: a pegar a las hermanas, a perseguir palomas, a golpear las escaleras y los muebles con el martillo, a arrancar los pétalos de las flores del jardín, a subirse sobre los perros, a meter monedas por la ranura del CD del coche, a abrir la puerta de la furgoneta en marcha o a quitarse los tirantes del asiento mientras viajamos, que es lo que intenta al cierre de esta columna. A sonreír, a dar besos con cabezazo, a decir hola a los viandantes con los que se cruza por la calle en su nueva moto de juguete, más guapo que Steve Macqueen. Hay un momento de la vida para construir un mundo y el resto va uno intentando que no se desmorone o que no lo derribe Javier. El uno de mayo de 2020, paseíllo de resucitados, salieron los viejitos a pasear por las aceras de Madrid tras el confinamiento e iban de la mano y vestidos de traje como si salieran de su propio entierro. La muerte otorga sentido a tantas cosas. En la habitación de aquella maternidad sin visitas, edificio de neonatos y de soledades, vacías las salas de espera, las máquinas de vending y la capilla, quiso nacer Javier a meter ruido. Siendo el día del trabajo y siendo la suya la cuarta generación de Pacos Apaolaza, me pareció buena idea ponerle Francisco a secas y que la costumbre y el cariño dieran en ponerle un sobrenombre más torero. Es lo más cerca que estuve de ponerle Curro a un hijo mío.