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"Pacto contra la desinformación"

"Ha llegado el momento de poner fin a esta epidemia. El mundo necesita una vacuna contra el virus que corroe la verdad y la convivencia"

Avatar del undefined Marcelo Rech13/01/2023
El ataque a la democracia brasileña que el mundo presenció el domingo, cuando una horda de fanáticos de extrema derecha invadió y destruyó las sedes de los tres poderes en Brasilia, no fue un hecho que brotó por generación espontánea. Los miles de alborotadores que marcharon al corazón de la democracia brasileña con la intención de estrangularla representan la punta de un fenómeno de extensión global que amenaza la estabilidad misma del planeta. Durante años, los partidarios del expresidente Jair Bolsonaro, derrotado en las urnas el 30 de octubre, han sido alimentados con teorías conspirativas, falsificaciones de la realidad o simples creencias. Desde los efectos supuestamente milagrosos de las drogas contra el covid-19 hasta la acusación de fraude en las máquinas de votación electrónica, que nunca fue probada, millones de brasileños comenzaron a vivir en un mundo paralelo. En este universo del absurdo, el espíritu de secta es fermentado por las redes sociales y los grupos de mensajes. Se insta a sus partidarios a ignorar o desestimar los informes de prensa y a creer incondicionalmente en sus líderes, quienes a su vez brindan a sus seguidores un cóctel embriagador de teorías descabelladas que terminan convirtiendo en extremistas a personas hasta ahora moderadas. La insurrección en Brasilia fue la culminación de un movimiento que comenzó poco después de las elecciones.
Alentadas por los ‘influencers’ de las redes sociales, miles de personas abandonaron sus hogares y se fueron a vivir en tiendas de campaña frente a unidades militares. La expectativa de esta multitud radicalizada era que las Fuerzas Armadas impidieran la toma de posesión de Lula da Silva como presidente, una fantasía en la que un fantasma alucinado del comunismo se mezclaba con amenazas inexistentes a la fe religiosa de los brasileños. De estos campamentos salieron los radicales que invadieron las sedes de la presidencia, la Corte Suprema y el Congreso.
Es posible reconocer rastros de esta alucinación colectiva en casi todas partes, incluida la invasión del Capitolio de EE UU hace dos años. Ninguna nación, por avanzada y desarrollada que sea, es inmune a este virus que corroe la verdad, la pluralidad, el respeto a las opiniones adversas y, por tanto, la muy amistosa convivencia entre opuestos, base de toda sociedad democrática.
Ha llegado el momento de poner fin a esta epidemia. Así como la ONU llevó a la mesa de negociación a quienes tienen el poder de contener el calentamiento global, también debe tomar la iniciativa en la lucha contra la desinformación a través de un gran acuerdo global autorregulado que revierta el desastre anunciado. La lógica de tal pacto es simple. El calentamiento global es la mayor amenaza para la salud física de la Tierra. La epidemia desinformada es la mayor amenaza para la salud mental del planeta, con riesgos concretos para la estabilidad política y social de miles de millones de personas. Sus posibles consecuencias, que van desde la erosión de las democracias y las libertades hasta un enfrentamiento nuclear, son tan o más catastróficas que el cambio climático.
Naciones Unidas debería invitar a la mesa a las dos partes con poderes inmediatos para contener y revertir la epidemia: las grandes plataformas tecnológicas y los representantes del periodismo profesional. El periodismo dista mucho de ser perfecto pero, como se vio durante la pandemia, sigue siendo el mejor antídoto para valorar fuentes confiables, restablecer la verdad y verificar versiones que circulan en redes sociales. Algunos países, como Australia, Nueva Zelanda y próximamente Canadá, han aprobado leyes que recuperan en gran medida el desequilibrio financiero de los vehículos de comunicación y permiten la reocupación paulatina de los llamados ‘desiertos informativos’, vastas regiones donde ya no quedan rastros del periodismo profesional e independiente.
Aunque representan un avance, dicha legislación no es una solución alcanzable para la mayor parte del planeta. En decenas de países de América Latina, África y Asia especialmente, a los gobiernos no les gustaría ver una prensa fortalecida, con más pluralidad, diversidad y capacidad investigativa. Las autocracias e incluso las democracias inmaduras no entienden el papel de la prensa libre y trabajan para debilitarla e intimidarla. Con el apoyo de los gobiernos y las sociedades democráticas es posible un gran pacto global contra la desinformación. También es una necesidad para las ‘bigtechs’, amenazadas por controles de contenido y regulaciones externas por parte de autocracias que no siempre tienen las mejores intenciones. Basta, pues, de procrastinar y ocultar la realidad, en la vana esperanza de una cura natural para la epidemia desinformativa. El mundo libre todavía tiene la capacidad de indignarse con motivos reales y concretos, como la insurrección en Brasilia. Pero necesita crear una vacuna contra la desinformación antes de que el virus contamine a muchas otras capitales del planeta.
Marcelo Rech. Presidente ejecutivo de la Asociación Brasileña de Periódicos
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