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"¿Qué coherencia hay en aplicar cordones sanitarios a los demás mientras uno se encama con cualquiera?"

Avatar del undefined Alfredo Arizmendi17/12/2022
Hubo un tiempo en que significaron algo: el consenso constitucional, el espíritu de la transición o la unidad de los demócratas, que tanto hizo para derrotar a ETA. La movilización de la sociedad civil y de las mayorías silenciosas vinieron después, con el desengaño ante las dinámicas del sistema de partidos. Otro espíritu, el de Ermua, aún nos emociona al recordarlo, y más en estos días, bien sabemos por qué. Todavía de vez en cuando, alguien pronuncia estas venerables fórmulas, pero a muchos nos producen ya más nostalgia que ilusión, más tristeza que esperanza.
Frente al nacionalismo identitario nos uníamos los constitucionalistas; los que lo éramos por convicción y los que acabaron llevando el constitucionalismo como quien lleva un chambergo de poner o quitar según pinte el día. No hace tanto tiempo nos manifestábamos juntos (aunque no siempre revueltos). Todo fue antes de que irrumpieran las geometrías variables y se decretara que “importa lo que se acuerda, no con quién se acuerda”. Aun así, muchos creemos que el fin no debiera justificar ni los medios ni las compañías. Por otra parte, ¿qué coherencia hay en aplicar cordones sanitarios a los demás mientras uno se encama con cualquiera? No son cosas que vayan a inquietar a quien solo sabe de resistencia.
Como un bajo continuo ha sonado siempre la urgente necesidad de firmar Pactos de Estado. La educación, la sostenibilidad del sistema de pensiones, la sanidad, la violencia de género… A la vista está que la virtud sanadora de tales pactos es dudosa, dadas las lamentables condiciones en que se encuentran casi todos los asuntos mencionados.
Incorporación reciente ha sido el proyecto de país. Se conoce que los proyectos -como los tomates y las piparras- son más sabrosos y se digieren mejor si son del país. El refuerzo del Estado escocería a los periféricos, al sano liberalismo que desconfía de sus excesos, y también a ese liberalismo agreste que aprovecha sus deficiencias para sacar tajada. La nación es mejor ni nombrarla, al menos la española, si no quiere uno ser lapidado por fachuzo. Lo del proyecto de país es un comodín tan gaseoso como el “proceso de escucha”, esa asamblea parroquial con pretensiones progres en el que se sustenta. Ambos se volatilizarán al primer contacto con la realidad.
Todas estas fórmulas son carcasas vacías. Las antiguas no dicen nada al nuevo votante, pero al menos rindieron nobilísimos servicios. Recuperarlas es casi un imposible. Las novedades que las sustituyen son simplezas fugaces. Una clase política inicua pero astuta vive de hilvanarlas, produciendo un discurso mecánico y calculado, un artificio endemoniado. El resultado asusta. Tragamos y regurgitamos consignas, enervados, mientras el mundo se desmorona envuelto en violencia y ñoñería. Es momento de desintoxicarnos, de blindarnos y dedicar nuestra atención no a lo que dicen, sino lo que callan, porque como todo trasto inútil las fórmulas caducas y sus insulsas sustitutas ocupan un espacio y un tiempo en el que bien podrían caber ideas y enfoques de más enjundia o inmediatez. Hay que dejarse de calabazadas y hablar, por ejemplo, de una auténtica libertad de conciencia y expresión, no la ciénaga de censura y cancelación en que nos revolcamos. O bajando a lo concreto, de la deuda pública, el paro juvenil, la seguridad ciudadana, la demografía, etc. La lista de problemas reales no acaba nunca.
Ya sabemos que es prosaico, que no se despacha con voluntarismos como aquel lamentable “salimos más fuertes”. Otra frase vacía, otra falsedad para pastorearnos. ¡¡Cuánto cinismo, aquel día, en todas las portadas!!
Tampoco basta con decir que “el gobierno hace cosas chulísimas”, sobre todo cuando una de las cosas chulas que hace el gobierno es revolcarse y complacer obsequiosamente a cada uno de los indeseables que no tienen otro objetivo que llevárselo todo por delante. Como se acercan elecciones autonómicas algún barón habrá que tuerza el gesto, no tanto por convicción, sino por miedo a que semejantes desmanes en la capital le compliquen los manejos en el cortijo.
En una preciosa escena de la novela El Gatopardo, el caballero Aimone Chevalley de Monterzuolo se entrevista con Fabrizio Corbera, príncipe de Salina, para ofrecerle un asiento en el Senado del recién unificado Reino de Italia. El príncipe, que se sabe miembro de una clase decadente en un mundo que ya no es el suyo, rechaza el ofrecimiento con la siguiente frase “¿Qué haría el Senado de mí, de un legislador inexperto que carece de la facultad de engañarse a sí mismo, ese requisito esencial en quien quiere guiar a los demás?”
Engañarse para poder engañar y así guiar a los demás. Así nos mienten, nos manejan, nos engatusan, nos dividen (que es lo peor) y al final siempre nos defraudan: con fórmulas vacías.
Alfredo Arizmendi Ubanell Licenciado en Medicina
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