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"Drones iraníes sobre Kiev"

"El Gobierno iraní siempre ha mentido, pero últimamente no deja de hacerlo debido a la proyección internacional de sus acciones"

Avatar del Manuel Martorell Manuel Martorell24/10/2022
Aunque está admitida por otras corrientes del islam, la “taqiyah” (disimulo, mentira) es uno de los pilares de la versión política del chiismo que da forma a la República Islámica de Irán y sirve para utilizarla siempre que así lo requiera la defensa del régimen. Por esta razón, las autoridades iraníes no dejan de utilizar la “taqiyah” tanto en el ámbito nacional como en el internacional y, por la misma razón, la población iraní ha dejado de creer lo que dice su Gobierno, simplemente porque, en momentos de crisis, como el actual, sus declaraciones no son más que una sarta de mentiras.
El Gobierno iraní, en realidad, siempre ha mentido, pero últimamente no deja de hacerlo debido a la proyección internacional de sus acciones. Mintió hace unos meses al negar su intervención en los ataques con drones contra bases norteamericanas en Siria e Irak, cuando las milicias que apoya en esos países han exhibido esos aparatos no tripulados incluso en desfiles para mostrar la sofisticación de su armamento. También al asegurar que Mahsa Amini, la joven kurda cuya muerte en dependencias policiales ha desencadenado la actual oleada de protestas, tenía una dolencia cardiaca y había fallecido por un ataque al corazón, o cuando hace unos días explicaba que la docena de muertos en la cárcel de Evin, donde se encuentran cientos de presos políticos, se debía a una pelea entre los internos, y acaba de hacerlo al asegurar que a Elnaz Rekabi se le había caído involuntariamente el hijab en el Campeonato Asiático de Escalada que se celebraba en Seúl.
Por eso, porque la “takiyah”, la mentira, es uno de los fundamentos del régimen iraní tampoco se debe dar crédito a sus declaraciones negando el suministro a Moscú de los drones que han asolado Kiev y otras ciudades ucranianas. No solamente porque se tienen fotografías, grabaciones y restos de esos “drones kamikazes”, sino porque solo en el año en curso se han celebrado cuatro cumbres ruso-iraníes, destacando entre los acuerdos precisamente la cooperación en el programa para desarrollar drones de combate, línea de fabricación militar en la que los Guardianes de la Revolución -la fuerza de élite del Ejército iraní- se han especializado en los últimos años.
Se da la circunstancia de que en una de esas cumbres, el pasado 19 de julio, Alí Jamenei, máxima autoridad del país, aplaudió durante su encuentro con Putin la invasión de Ucrania porque debía existir una Rusia fuerte frente a Occidente y porque, si no lo hubiera hecho, Ucrania habría sido invadida por la OTAN. La República Islámica no solo se ha negado a condenar, como ha hecho la inmensa mayoría de los países miembros de la ONU, esa invasión y la anexión de los territorios ocupados por Rusia, sino que el pasado 15 de septiembre, de nuevo con el apoyo expreso y personal de Putin, el presidente iraní, Ebrahim Raisi, firmaba en Samarkanda, la capital de Uzbekistán, el protocolo para entrar en la Organización para la Cooperación de Shanghai, bloque asiático impulsado por Moscú y Pekín para frenar la hegemonía internacional de Estados Unidos y la Unión Europea.
La confluencia de intereses ruso-iraníes ha tenido otra clara expresión en las negociaciones que, desde hace años, se mantienen para controlar el programa nuclear iraní. Al principio, Teherán puso condiciones inasumibles, como que EEUU sacara a los Guardianes de la Revolución de la lista de organizaciones terroristas o que la Agencia Internacional de Energía Atómica renunciara a inspeccionar los lugares donde se sospechaba que Irán seguía produciendo uranio enriquecido. Más tarde se dedicó a “marear la perdiz” dando largas y respuestas ambiguas para, después, dar la impresión de que aceptaba casi todas las exigencias occidentales. Tampoco era cierto porque, en cuanto se produjo el choque frontal entre EEUU y la UE con la Rusia de Putin por la guerra de Ucrania, Irán volvió a incumplir su palabra empantanando las conversaciones, para iniciar, por el contrario, una cooperación con Rusia para desarrollar su industria nuclear.
En medio de esta espiral de engaños, los ayatolás siguen proclamando la necesidad de exportar su modelo político mientras el país vive la peor crisis desde 1979, que protagonizan especialmente las mujeres contra la obligatoriedad del hijab, otro de los pilares del integrismo islámico. En ningún momento le han preocupado al Gobierno las desastrosas consecuencias que estas alianzas y la intensificación de las sanciones internacionales están teniendo sobre el conjunto de la población, pese a que no hacen más que extender y radicalizar unas protestas sin precedentes que duran ya más de un mes. De hecho, en Irán ya no se habla de protestas o manifestaciones sino de “levantamiento popular” contra la República Islámica, contra el régimen de la “taqiyah”, el régimen de la mentira.
Manuel Martorell Experto en política internacional y Oriente Medio
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