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"Mientras caminamos a cielo abierto, acompañados por el silencio, comenzamos a pensar de forma autónoma, sin asideros"

Avatar del Javier BlázquezJavier Blázquez15/09/2022
El Camino de Santiago de Compostela, la histórica ruta milenaria abierta por los cristianos europeos a partir del S. IX, sigue siendo, a pesar del periodo que hemos padecido de pandemia, un itinerario que atrae a numerosos peregrinos provenientes de países, continentes y condiciones muy diversas.
El motivo es debido a que el Camino ofrece múltiples opciones ya sean propiamente religiosas para los creyentes, como artísticas, culturales o relacionadas con la naturaleza. Cada peregrino vive el Camino de una forma distinta. También resulta diferente su motivación personal. En cualquier caso el peregrino es consciente -en palabras de Saint-Exúpery- de que quien “quiera viajar feliz, debe viajar ligero”. Ha de comenzar su jornada al amanecer con las primeras luces del alba, y recogerse cuando el sol impregna de tonos rosáceos las nubes que se esparcen por el cielo. Es entonces cuando la irrupción del crepúsculo anuncia, a modo de heraldo, el tiempo de descanso y la posibilidad de disfrutar de un sueño reparador.
No cabe duda de que el tiempo del Camino se vive de forma muy distinta al ritmo que impone la vida cotidiana. Apoyado en su cayado o bastones el peregrino no se encuentra atrapado por la inercia de la rutina, ni tampoco se deja seducir por el movimiento circular de las manecillas del reloj. El tiempo del Camino parece contar con vida propia.
A lo largo del trayecto no existen premuras ni apremios. Tampoco se escucha el mandato del !Ya! que resuena cacofónicamente en nuestros oídos como si no existiera el mañana. Esa expresión verbal de inmediatez, tan reiterada en tono imperativo: ¡Ya!, desaparece como por ensalmo y en su lugar irrumpe un modo más amable y fácil de conjugar: el gerundio. Así, lo importante a lo largo del Camino es ir andando por veredas sin prisas, disfrutando del entorno y de las ermitas, haciendo planes y proyectos de futuro.
Por otra parte, transcurridas las primeras etapas, el Camino nos permite abarcar el perímetro de nuestros pensamientos, analizarlos con detenimiento y penetrar en nuestro interior. Mientras caminamos a cielo abierto, acompañados por el silencio, comenzamos a pensar de forma autónoma, sin asideros. Y somos capaces de reflexionar con sosiego mientras nos liberamos de la tensión que permanecía incrustada en la piel y que a veces corremos el riesgo de somatizar. Conviene recordar, como insistía Friederich Nietzsche, que pensar lleva su tiempo: “Solo tienen valor los pensamientos que nos vienen a la mente mientras andamos”.
Entre tanto, paso a paso, nuestra mirada va desprendiéndose del peso plomizo de los problemas cotidianos mientras se aleja del brillo que desprenden las pantallas. A su vez, el sonido del teléfono móvil va desapareciendo de nuestros oídos y el hechizo de las redes sociales pierde su atractivo. Esa ruptura se ve sustituida progresivamente por la interacción con la naturaleza, con otros peregrinos que antes desconocíamos, así como por la conexión con nuestro mundo espiritual, alejado del entorno estresante en el que vivimos inmersos.
A partir de entonces, la dependencia tecnológica se va diluyendo y ese tiempo de servidumbre que tiende a apropiarse de nuestra mente durante horas, se ve sustituido por el ritmo cadencioso de nuestros pasos, por el rumor que desprende el agua de los arroyos así como por el trino alegre de los pájaros. Desde ese momento, nuestra atención que antes vagaba dispersa y desparramada, dejándose llevar por la tiranía narcisista del “yoísmo” se centra ahora en contemplar la belleza de cuanto nos rodea: ya sea el plumaje colorido de las aves, las formas que dibujan las nubes, el olor de la tierra o las florecillas que salen alegremente a nuestro encuentro.
Huelga decir que para emprender el Camino de Santiago no solo es preciso disponer de condiciones físicas para mantenerse en pie con la cabeza erguida. También se requiere mentalidad y fuerza de voluntad así como un propósito u objetivo que nos alimente, que puede ser de naturaleza diversa. De ahí que el Camino sea como una metáfora de la vida que nos recuerda que la existencia diaria es también procelosa. No está exenta de imprevistos y adversidades: además de terrenos más o menos llanos, existen también ascensos o pendientes prolongadas, éxitos y fracasos, chaparrones, y en determinadas ocasiones nos topamos con piedras o socavones inesperados, que nos hacen tropezar o caer.
En última instancia, el Camino nos permite comprender que, frente a una vida azarosa y competitiva, impregnada de un ritmo frenético, tan despeinada como efímera y gaseosa, otra forma de vida es posible. Más sencilla, más sobria. Que cuente con más sentido y menos superficialidad. Menos impostada y con más plenitud. De ahí que una vez más, resuene el eco de las palabras de San Agustín cuando precisaba hace siglos que en la vida, tanto la necesidad como la dependencia son lo contrario de la libertad. Son su antítesis. Y es que para ser realmente libres tenemos que ser conscientes de que “pocas cosas necesitamos y de las pocas que necesitamos, las necesitamos muy poco”.
F. Javier Blázquez Ruiz Catedrático de Filosofía del derecho. UPNA
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