"Invaden y destrozan edificios, manchan la ropa de los tendederos, obstruyen las canaletas de los tejados y a veces hasta nos impiden transitar"

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Lucía Baquedano

Actualizado el 21/08/2022 a las 16:31

Lo que pueden cambiar en cien años ideas, costumbres, incluso cultura! Es un gozo leer en el diario del recuerdo cuanto acontecía en nuestra ciudad antes de que nosotros naciéramos. Esto a veces nos asombra o nos hace sonreír, como el hecho de que por iniciativa de la Comisión de Fomento se confeccionaran bolsitas llenas de beza o trigo para que los pamploneses pudieran alimentar a las palomas “que adornan y alegran nuestra querida ciudad dándole un signo de cultura”, decía la inscripción de la bolsita, que se vendería a diez céntimos de peseta, lo que no me parece escaso precio para hace cien años, pero en fin, la cultura de la paloma y el que dijeran “vuestras son”, bien merecía tal dispendio. Nosotros, nuestros hijos y nuestros nietos hemos corrido tras ellas, incluso las hemos alimentado, aunque no fuera con el pienso municipal sino con nuestra merienda. Pero ¡ay!, tal vez esa buena alimentación las ha hecho tan prolíficas que hoy, lejos de considerar que adornan las calles, las tenemos por castigo. Invaden y destrozan edificios, manchan la ropa de los tendederos, obstruyen las canaletas de los tejados y a veces hasta nos impiden transitar, ya que, como a nada temen, no se apartan de nuestro camino. Son tantas que el Ayuntamiento no sabe qué hacer con ellas y ha pedido en varias ocasiones a los vecinos que no les den comida, para ver si así se multiplican menos. Pero son tan listas que hasta saben los horarios del recreo de los estudiantes, y corren como locas hacia patios y plazas donde estos almuerzan, para llenar sus insaciables estómagos. Cien años han transcurrido desde la iniciativa municipal de las bolsitas de trigo o beza, pero aparte de los niños a quienes siguen atrayendo, ya no parecen adornar y alegrar la ciudad, y ni las custodiamos ni consideramos propias, como pedía la Comisión de Fomento de entonces. Incluso a su cultura estamos dispuestos a renunciar con tal de que no nos aniden en el tejado de casa.

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