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"¿Asalto a la democracia?"

Avatar del Javier BlázquezJavier Blázquez08/08/2022
La Comisión de investigación que analiza el asalto al Capitolio en Washington ha puesto de manifiesto que la multitud armada tenía como objetivo conseguir lo que Donald Trump y su entorno no habían logrado, ni por la vía política, ni por la judicial: impedir la certificación del resultado de las elecciones por parte de las dos Cámaras del Congreso.
A lo largo de varios meses, los datos facilitados por los comparecientes ante los miembros de la Comisión han ido situando en el centro de la conspiración al expresidente Trump, a quien atribuyen la responsabilidad de haber encendido la llama de la insurrección. Varios testigos han reiterado que, tanto el expresidente como sus principales asesores, sabían con antelación que el día 6 de enero habría violencia en el interior del Capitolio. A pesar de ello, Trump quiso sumarse a la marcha, aun sabiendo que iban armados. Después hubo cinco muertos y 810 manifestantes detenidos, de los que 65 han sido condenados a prisión.
Previamente, la actitud comprometida de los máximos responsables del Departamento de Justicia y Fiscalía general de EE UU, que amenazaron con dimitir en bloque –tres días antes del asalto al Capitolio– provocó que Trump no pudiera llevar a cabo su objetivo de utilizar la administración de justicia para invalidar el resultado de las elecciones presidenciales que otorgaron el poder a Joe Biden.
Se trata de la investigación política de mayor calado llevada a cabo sobre un presidente en EE UU desde que el Senado investigara el escándalo del Watergate en 1973. De ahí el tono de gravedad utilizado: “Aquellos que invadieron el Capitolio y lucharon contra la policía durante horas venían motivados por lo que el presidente Donald Trump les había dicho: que le habían robado las elecciones y que él era el presidente legítimo. Él convocó a los insurrectos, los reunió y encendió la llama de este ataque”. Estas palabras fueron pronunciadas por Liz Cheney, conservadora y diputada republicana del Congreso de EE UU, que actúa como vicepresidenta del Comité de la Cámara de Representantes encargado de investigar el asalto al Capitolio.
Esa acción violenta constituye, según ella, “una violación flagrante de la ley y la Constitución, destinada a cambiar el resultado de las elecciones presidenciales de 2020”. A su vez, el exfiscal general, William Barr, manifestó que Trump “estaba desconectado de la realidad” y que “nunca puso interés en conocer cuáles eran los hechos reales”. Sin embargo, Trump siguió en vivo el asalto al Capitolio por televisión, pasivamente, desde su despacho en la Casa Blanca durante tres horas, sin adoptar ninguna decisión.
En realidad, Trump había comenzado a urdir y propagar su teoría del fraude electoral antes de que las elecciones presidenciales tuviesen lugar. La defendió, aviesamente, antes de que terminase el recuento de votos, incluidos los emitidos por correo. Después, al igual que en una autoprofecía cumplida, quiso subvertir la legalidad apoyándose en la burda teoría conspirativa. El paso siguiente no podía ser otro que las denuncias infundadas de fraude electoral con las que pretendía boicotear las elecciones. Ningún Tribunal de Justicia le dio la razón. Lejos, muy lejos, resuena el lema que utilizó como uno de los ejes centrales en la campaña electoral de 2016 en la que resultó ganador: “Ley y orden”. Hasta el punto de que destacados juristas apuntan la posibilidad de que el fiscal general emprenda acciones penales contra el expresidente.
Entre tanto, el grado de empecinamiento fue tal que Trump llegó a calificar de cobarde a su vicepresidente tras negarse a seguir sus instrucciones de invalidar los resultados. “Mike Pence no ha tenido el coraje de hacer lo que debía haber hecho para proteger a nuestro país y nuestra Constitución”. La secuencia de los hechos expuestos por diversos testigos ante la Comisión permite pensar que Trump se autoengañó. Por medio de sus proclamas se convirtió en una especie de falso profeta ante el apocalipsis que vaticinaba, pero sus seguidores, fanáticos en muchos casos, no lo vieron así. Se han dejado envolver en una verdad alternativa, trufada de mentiras. Es evidente que a veces el peso de las emociones excede y neutraliza el plano racional.
Y es que, a pesar de que el trumpismo, en buena medida supremacista, defiende que los auténticos americanos son blancos, de origen norteuropeo y protestantes, la realidad es mucho más compleja. El crisol de culturas que caracteriza la mayoría del país desde sus orígenes es muy distinto y la globalización no ha cesado de incrementarla. Además de blanca, la población norteamericana es también negra, mestiza, mulata, hispana o asiática.
Ahora bien, tal y como advirtió en su momento Abraham Lincoln, “no puedes engañar a todo el mundo todo el tiempo”. Trump sigue desconectado de la realidad. Vive en un mundo imaginario, delirante, al que le conduce inexorablemente su narcisismo. Así, en lugar de analizar y debatir los respectivos problemas que surgen con sus equipos de asesores, decide por su cuenta y se mueve a golpe de Twitter por impulsos. Tal y como precisaba recientemente John Carlin, “la desnudez de su egocentrismo es absoluta. Empatía cero. Principios: no sabe lo que la palabra significa. Desdeña las instituciones democráticas, salvo la Casa Blanca cuando él la ocupa”. Por todo ello, resulta difícil predecir cuanto tiempo durará su capacidad de seducción y cuantos se dejarán abducir por su aparente patriotismo. En cualquier caso, la Comisión reanudará las comparecencias pendientes a partir de septiembre y uno de los objetivos que persigue es publicar un informe con propuestas de cambios legislativos para impedir que vuelva a producirse una insurrección como la acontecida el 6 de enero de 2021.
F. Javier Blázquez Ruiz Catedrático de Filosofía del Derecho. UPNA
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