Historias familiares 

El día en que cambió tu vida

Sonsoles Echavarren.
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Sonsoles Echavarren

Publicado el 15/05/2022 a las 06:00

Cuando tenía 14 años y cursaba 8º de EGB (sí, el 2º de la ESO actual para los ‘millenials’) leí la novela juvenil ‘Primer reportaje’. Escrita por la periodista húngara Mária Halasi, relata la historia de Julia, una joven de 19 años que hace prácticas en la redacción de un periódico en Budapest y escribe su primer reportaje sobre el intento de suicidio de un adolescente, al parecer, hostigado por uno de sus profesores. Al terminar el libro no lo pude ver más claro: yo también sería periodista. Como Mária. Como Julia. Con 18 años solo presenté mi solicitud para la carrera de Periodismo y con 21, al terminar el tercer curso, entré en este periódico como becaria. Y al poco, conocí al que hoy es mi marido. Mi ilusión era entonces viajar, trabajar en otros medios, conocer mundo, hablar en otros idiomas, acumular amigos extranjeros... Pero la vida y mis propias decisiones me fueron arrastrando en oleadas. Luego vinieron los hijos, la hipoteca, los madrugones para los partidos de los sábados, los regalos conjuntos para los cumpleaños infantiles y el pago a plazos de la ortodoncia de los adolescentes. Cuento todo esto porque el otro día bromeaba con una amiga sobre las decisiones que tomamos en un momento que puede parecer intrascendente y en cómo, sin embargo, cambian para siempre nuestras vidas. Aciertos y errores. El ‘Ming’ y el ‘llana’. Condenas o libertades. Y mi afán novelesco me lleva a imaginar a menudo cómo hubiera sido mi vida si... ¿Si no hubiera tenido tres hijos? ¿Si en vez de chicos hubieran sido chicas? ¿Si hubiera tenido otro trabajo? ¿Si me hubiera tocado la lotería y viviera en un palacio? O si, en definitiva, ¿nunca hubiera leído aquel libro con 14 años? Y sigo reflexionando: ¿la vida se rige por el azar? ¿O nuestro destino está ya escrito y el final será siempre el mismo?

De la toma de decisiones le hablaba la semana pasada a mi hijo mediano (13 años) que se quejaba de haber faltado a un cumpleaños por quedar con los primos. “Mira, es como cuando vas por el campo y aparecen dos caminos. A veces, no sabes por cuál ir. Pero nunca se pueden recorrer los dos a la vez. ¡Hay que tomar decisiones!”, le solté una brasa filosófica pero creo que eficaz. Porque se quedó pensativo sobre mi filípica. Ya lo dice el refranero popular que es muy sabio y posee sentencias para todas las situaciones: “No se puede estar en misa y repicando”. Pues eso.

Desde luego, elegir una acción u otra, una persona o la de al lado, tomar un tren o un avión o incluso comer carne o pescado no es algo baladí. Así lo explica la psiquiatra y psicoterapeuta Ana Salas en su último libro, ‘Enséñale a crecer. Técnica para una crianza sosegada’. En estas páginas que recorren la relación de los menores con sus padres desde que son bebés hasta que se convierten en adultos, recuerda la importancia de la “decisión versus la vacilación” en los niños de 3 a 5 años. “En esta etapa, van teniendo su propio ‘yo’. Conviene darles a elegir el mayor número de acciones posibles y evitar decidir por ellos”. Si esta situación no se logra, subraya, el menor no sabrá definir su criterio y puede convertirse en un adulto indeciso. ¿O no conoces a gente que duda sobre todo? Sobre realidades irrelevantes como qué ropa comprarse o dónde va a ir de vacaciones. Pero también sobre otras, mucho más trascendentes y con repercusión para ellos y quienes les rodean. Como qué colegio va a elegir para sus hijos, qué vivienda va a comprar y en dónde y, la clave de la vida: a quién va a elegir para compartirla.

Vivimos siempre en relación con los otros: pareja, hijos, padres, amigos, compañeros de trabajo, jefes y hasta las dependientas que nos venden el pan a diario. Y nuestra mayor o menor felicidad dependerá de cómo nos relacionemos y de las decisiones que tomemos. Que no son igual de importantes a una edad que a otra. En la década de los veinte años se elige habitualmente a la pareja, el trabajo, el lugar de residencia y se pone la brújula en una u otra dirección. A los 30, se suelen tener los hijos y esos años pasan sin darse cuenta, entre ojeras, noches sin dormir, chichones, mocos y diarreas varias. ¿Y qué pasa a los 40 y a los 50? Pues que llega la crisis de la mediana edad. Y que todo lo que podía ser ya es. Que la vida consiste en solucionar obstáculos y en seguir atrapando momentos felices. Esos que no quieres dejar escapar. Como cuando te despiertas de un sueño placentero y te resistes a abrir los ojos.

Mezclemos en la coctelera decisiones, azar y destino. Si no trabajara en este periódico, no estaría escribiendo estas líneas. O quizá sí. Quién sabe. Porque mi semilla germinó en aquel libro que leí con 14 años. Durante ese día en que cambió mi vida.

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