"Gracias al Gayarre por hacernos reír, llorar y pensar. Y porque todavía cultiva el directo de la palabra con una taquilla no robotizada"

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Gabriel Asenjo

Publicado el 13/05/2022 a las 06:00

Entre sirenas de bombardeo, en un refugio de Kiev, una habitación negra con cuatro mantas como cortinas y telón ha servido de teatro en los primeros días de la guerra. En medio de la tragedia, madres tratando de poner a salvo a sus hijos junto a una caja con fotos familiares aplaudían la risa y la comedia. De alguna manera la irrealidad de la escena teatral también simboliza la realidad. Por eso, para los teóricos de la comunicación, la sintaxis teatral resulta fascinante por lo que atesora de energía y de suma de emociones en la transmisión de un mensaje. Precisamente, para conocer las emociones que produce esa otra habitación negra que es la caja escénica del Gayarre, con motivo de sus 90 años de actividad en Carlos III el teatro pamplonés ha instalado lo que llama cápsula del tiempo. Un baúl de recuerdos que deberían llenar estos días los aficionados. Un buzón de memorias que se abrirá en el 2032, el año del centenario.

Supongo que cuando el Gayarre cumpla 100 años, igual que ahora en época de verdades prefabricadas y de enorme competencia digital en la industria del entretenimiento, probablemente el espectador que cruce el vestíbulo del teatro, harto de metaverso y de la pérdida de lo real, disfrutará más que hoy con esa magia radical de alguien que propone en vivo y en directo una ficción que, paradójicamente, es una verdad: la del arte. Quiero pensar que el público sentirá la necesidad de ir más allá del igualitarismo de Internet, huir hacia el teatro, y buscará otra forma más próxima de relacionarse con la cultura.

Desde el análisis de la comunicación, cuando se habla de la verdad de los hechos y los datos frente a la verdad de las redes sociales, de la verdad popularmente extendida y la verdad a la carta que deseamos escuchar resulta que, desde los tiempos de las máscaras griegas, ya nos interpela la verdad teatral, la no oficial, la que retrata la condición humana, la de un actor que miente para proponer una verdad que emociona. Nos referimos al trabajo hermoso de interpretar, fingir, engañar y escenificar haciendo creíble un relato. Al fin y al cabo, como el cine, lo del drama y la comedia también es cosa de un punto de vista de cámara. Por ello hablamos de artes escénicas y de artistas, esa gente que, generalmente, merece la pena ser escuchada y que, como en el refugio de Kiev, te ayuda a dar forma a sentimientos, a formular preguntas y a encontrar respuestas a cuestiones tan viejas como el amor, la felicidad, la muerte o el deseo eterno del ser humano de perpetuarse y aumentar su poder.

Sin haber asistido al Gayarre las veces que debería, en el baúl de los recuerdos depositaría conciertos adolescentes de los pioneros del pop pamplonés y de cantautores censurados junto a escenas de mítines no autorizados en el preestreno de la democracia, cuando la política trasmitía verdad y honestidad interpretativa.

Reconociendo que muchos usuarios del Gayarre son deudores del shock social de “1789”, la premiada puesta en escena del Lebrel Blanco en su teatro de la calle Amaya, no se debe olvidar que el Gayarre es caja de música y danza donde el artista emite su mensaje desde la fuerza y el dolor de su cuerpo sustituyendo a la palabra. Y por ello me quedo con un dibujo coreográfico de Aída Gómez en la Danza de los siete velos con el hallazgo de madurez de un desnudo inusual en la danza española. Aunque mi podio de los recuerdos lo ocupa el descubrimiento del descomunal talento de Els Joglars, La Cubana o de Alfredo Sanzol que demuestran que la comicidad es una virtud al alcance solo de los más grandes. Así que gracias al Gayarre por hacernos reír, llorar y pensar. Y porque todavía cultiva el directo de la palabra con una taquilla no robotizada.

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