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Historias familiares

Tengo en casa a mi mamá

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  • Sonsoles Echavarren
Publicado el 01/05/2022 a las 06:00
Cuando tenía 7 años me abrasé las piernas con leche hirviendo. Mi madre, que trajinaba en la cocina a la hora del desayuno, fue a verter la leche del cazo (aunque suene a Prehistoria, entonces no había microondas) sobre los polvos del Cola-Cao de mi taza. Pero yo, con las prisas propias de las ocho de la mañana y el miedo a perder el autobús escolar, le propiné un empujón sin darme cuenta y el líquido humeante se derramó sobre mis piernas. ¡Ay! Aún recuerdo ese dolor caliente que se impregnó en la falda de mi uniforme, penetró en mis leotardos y finalmente fue absorbido por la piel de mis muslos de niña. En resumen: quemaduras de segundo grado, gasas, pomadas y unos días sin ir al colegio. Mi madre lloraba desconsolada. “¡Ha sido mi culpa! ¡Ha sido mi culpa!”, repetía. Y yo no entendía nada. Porque si había que pugnar por la culpa, yo era la ganadora indiscutible. Años después, me convertí en una adolescentes de 15 años que se creía la reina del mambo. Aunque no siempre me salían las cosas como quería. Y algunos sábados, si no había surgido plan con mis amigas, me enfadaba muchísimo y me encerraba en mi habitación a llorar. “Si quieres, yo te puedo acompañar al cine”, sugería mi madre, conciliadora. “¡Sí, anda! ¡Menuda vergüenza! Como me vea alguien contigo, se va a cree que soy una ‘colgada’”, le gritaba sin piedad. Porque a esa edad, las madres dan (damos) mucha vergüenza. Cuento estas anécdotas, solo como unas cuentas del collar de sacrificio, amor y paciencia que ha tenido (y sigue teniendo) mi madre conmigo. Igual que la tuya. O la de tu prima, tu amigo o el vecino de arriba. Del mismo modo que tus abuelas, que se desvivieron por sus hijos y nietos. Vayan estas líneas para homenajear, un poco si cabe, aunque nunca será bastante, a todas las madres en su día. Pero sobre todo, a la mía. Como rezaba (nunca mejor dicho) aquella cancioncilla que nos enseñaban las monjas en el colegio: “Tengo en casa a mi mamá / pero mis mamás son dos / en el cielo está la Virgen / que es también mamá de Dios”. Algunos afortunados disfrutamos de la gran suerte de haber convivido con nuestras madres siendo niños. Un regalo y herencia que perdurará toda la vida. Y que no tiene precio.
Mi madre engrosó una de las primeras generaciones de mujeres que estudió en la universidad y comenzó a trabajar “de lo suyo” a comienzos de los setenta. Siempre se ha lamentado de que tuvo que volver a dar clases a su instituto cuando yo solo tenía cuarenta días y que ya no pudo darme más de mamar. “Si no, perdía la plaza que tanto trabajo me había costado sacar por oposición”, cuenta muchas veces. Fueron años duros para aquellas madres trabajadoras. Aún eran “bichos raros”, ya que la mayoría de las chicas de su edad se quedaba en casa para cuidar de sus hijos. Además, el reparto (mejor dicho, el compartir) la vida doméstica no se estilaba. Con lo que, a su dedicación fuera de casa, se sumaba después el llevarme al pediatra o comprar en el supermercado. Vaya, el pan nuestro de cada día de tantas y tantos. Pero entonces, aún resultaba excepcional. De mi madre he aprendido todo. Pero lo más importante se resume en tres ideas: ayudar a los demás, agradecer la ayuda que te prestan y ser una mujer autónoma que gana su propio dinero. “Nunca dependáis de un hombre”, nos insistía a mi hermana a mí. Un sabio consejo que hemos seguido a pies juntillas.
Como mi madre, como la tuya, como tantas, son muchas las mujeres valientes y valiosas. Que lo mismo te arrullan con sus palabras que te asaetan a preguntas. Y que se han convertido en vitales para sus hijos. Como Nancy Elliott, la madre del descubridor de la electricidad, el estadounidenses Thomas Alva Edison. Cuando él era un niño de 7 años, regresó una tarde de la escuela con una nota del maestro. “¿Qué pone, mamá?”, inquirió. “Que eres un genio y que ya no te pueden enseñar más en el colegio. A partir de ahora, lo haré yo en casa”. Y, por lo que parece, nada mal. Años después, cuando la madre ya había fallecido, Thomas Alva encontró aquella vieja nota escolar y leyó su verdadero contenido: “Su hijo está enfermo mental y no podemos permitir que venga a la escuela”. Sin la empatía e incluso la pedagogía de aquella mujer quizá hoy no tuviéramos electricidad.
Sea como fuere, son muchas, tantas, las historias de madres, que estas líneas me resultan escasas. Así que, si me lo permitís, seguiré recordando anécdotas y palabras de madre en las próximas semanas. Y no solo sobre la leche derramada, mi tema favorito. Porque las madres, de cualquier tipo, época y condición, son (somos) piezas clave en el puzle de la vida. ¡Feliz día!
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