"La propaganda, la intoxicación y las denominadas ahora fake news forman parte de las tácticas más antiguas de guerra"

Publicado el 24/04/2022 a las 06:00
Una vez más, la verdad se ha convertido en una de las víctimas principales de la guerra. En este caso, con motivo de la invasión de Ucrania por parte de Rusia. Las palabras no tienen dueño, pero el poder trata de apropiarse de ellas con el fin de distorsionarlas para conseguir sus objetivos. Nada nuevo en la historia, porque como afirmaba el sofista Gorgias en la Grecia clásica: “la palabra es un poderoso soberano que ofrece muchas posibilidades”.
No cabe duda de que la comunicación es fundamental en el ejercicio del poder y se erige siempre en un arma muy valiosa. Máxime cuando se libra una guerra híbrida como la que está teniendo lugar en Ucrania. Y es que quien domina el lenguaje, es capaz de manejar las mentes y controlar la realidad. De ahí que mientras el conflicto bélico se acrecienta, la desinformación y el relato que se difunde juegan un papel cada vez mayor.
De hecho, la propaganda, la intoxicación y las denominadas ahora fake news forman parte de las tácticas más antiguas de guerra. Su finalidad es sembrar dudas y moldear los mensajes para que resulte cada vez más difícil distinguir entre la realidad y la falsa verdad. Tal y como advirtiera Vladimir Lenin al comienzo de la revolución bolchevique en 1917: “la información es un arma no muy diferente de las bombas”.
Es fácil constatar cómo, tras dos meses de violento conflicto, la invasión de Ucrania por el ejército ruso está librándose de forma paralela a otra batalla: la que acontece en la trinchera de la información. A este respecto, fue George Orwell quien describió de forma magistral en la novela 1984 los pasos sucesivos que seguía el régimen del “Gran Hermano” para adulterar la realidad. En su célebre obra de ficción política mostraba cómo -a través de la neolengua- se reducía el lenguaje y se producía la manipulación de los medios de comunicación bajo el control permanente de la “policía del pensamiento”. Policía represiva y sometida a las órdenes del Ministerio de la verdad.
Hoy día, en plena era digital, el potencial que ofrecen las nuevas tecnologías a través de las redes sociales, ha hecho mucho más fácil acceder a la información, pero al mismo tiempo se ha multiplicado el número de bulos y noticias falsas que se propagan. Podría decirse que Internet ha cambiado todo, también la forma de acceder a información sobre los escenarios de la guerra. Entre tanto, los gobiernos son muy conscientes de su efecto multiplicador a la hora de influir y cincelar la opinión pública. De ahí que utilicen todos los canales posibles para tratar de dar credibilidad a su particular versión de los hechos. Tal vez recuerdan las palabras de F. Nietzsche cuando afirmaba: no existen hechos, tan solo interpretaciones.
Paradójicamente, en ese contexto de violencia y destrucción de vidas humanas, algunas virtudes cívicas, características de las sociedades abiertas e ilustradas como el ejercicio razonable de la duda y la capacidad crítica – virtudes que ni se promueven ni se permiten cultivar del mismo modo en las sociedades autoritarias gobernadas por autócratas como Putin- facilitan que se cuestione la veracidad de los relatos que nos llegan día a día. Ese análisis y examen sosegado de la narrativa que nos bombardea es necesario. Imprescindible, entre otras cosas, para no convertirse en “creyente” o evitar caer preso de las emociones. Sin embargo, esa actitud conlleva a su vez el riesgo de generar cierto grado de escepticismo o que pueda llegarse a la conclusión de que todos ocultan datos y mienten en la guerra. Cuestión, en modo alguno baladí. Como consecuencia, la verdad corre el riesgo de extraviarse. Pero en ese caso, dado que los hechos no hablan por sí solos ¿a quién creer, y cómo puede recuperarse la credibilidad?
Tal y como advierte el profesor de Ciencia Política, Manuel Torres en Desinformación. Poder y manipulación en la era digital, los países democráticos de Occidente han de contar con una sociedad civil formada y alejada de la minoría de edad, atenta en todo momento al devenir de los acontecimientos que nos circundan y bien provista de sentido crítico. Han de disponer también de auténtica libertad de prensa, que sea plural y se mantenga alejada de la influencia de los poderes político y económico.Ya que la desinformación como arma de guerra es muy peligrosa y socava el ejercicio de las libertades fundamentales. De ahí que uno de los retos actuales de los medios de comunicación occidentales no sea otro que mostrarse capaces de ganar la confianza de los ciudadanos, sin eufemismos ni hipotecas o mordazas, actuando como vigilantes de los relatos que propagan las instituciones. Solo así podrán convertirse en actores que transmitan información contrastada y veraz: único antídoto efectivo a modo de “vacuna frente a las campañas de desinformación”.
F. Javier Blázquez Ruiz. Catedrático de Filosofía del derecho. UPNA.