"Una cosa es contar con un número amplio de contactos en la red y otra muy distinta es tener amigos reales"

Publicado el 31/03/2022 a las 06:00
A medida que los contagios ocasionados por la pandemia han ido remitiendo, hemos empezado a recuperar las relaciones familiares y los encuentros habituales con los amigos. Durante el periodo de confinamiento, la ausencia de cercanía y de contacto personal provocaron un aumento considerable del uso de las redes sociales y las interacciones virtuales. De ese modo tratábamos de comunicarnos con el exterior, compartiendo nuestras inquietudes, temores y anhelos.
No cabe duda de que somos seres sociables y que el cultivo de la amistad es uno de los bienes más preciados que podemos disfrutar, pues se nutre de valores como el afecto, respeto y lealtad. De ahí que, como afirmaba Aristóteles, “con amigos, los hombres están más capacitados para pensar y actuar”.
No obstante, conviene precisar que la amistad no surge de forma espontánea ni como consecuencia del azar. Viene a ser como un tapiz que vamos tejiendo lentamente. Precisa cierto grado de confianza e intimidad, y para fraguarse necesita contar con tiempo y continuidad. Por eso no es posible ser amigo de muchas personas.
La amistad, insistía Aristóteles en la Etica a Nicómaco no solo es necesaria y gratificante. Se trata de una experiencia humana hermosa, magnánima. Sin amigos, nuestra vida, procelosa e imprevisible, no sería la misma y estaría siempre incompleta. “El amigo es otro yo” que camina a nuestro lado.
Sin embargo, la palabra amistad se utiliza a veces para referirse a la relación que se mantiene a través de los dispositivos móviles con personas diversas a las que apenas conocemos. Y en una sociedad como la actual, cada vez más tecnificada, individualizada y egocéntrica, se tiende -tal y como advierte el filósofo Francesc Torralba- a banalizar el concepto de amistad, haciéndolo extensivo a personas con las que carecemos de lazos afectivos. Esa dinámica ha propiciado un incremento de las relaciones “parasociales” que se mantienen con personajes famosos, a veces mediáticos, a quienes se perciben con frecuencia como próximos y familiares.
Ahora bien, una cosa es contar con un número amplio de contactos en la red, que pueden incrementarse en cada momento, y otra muy distinta es tener amigos reales. El sucedáneo no es lo mismo. De hecho, el término amistad se utiliza en el entorno digital muy superficialmente y de forma inconsistente, hasta el punto de que en muchos casos esos contactos pasan por la red como la luz a través del cristal: sin dejar rastro. Y es que el culto a la cantidad y el deseo de incorporar cada vez más seguidores no se corresponde con las características que acompañan a una amistad auténtica, no virtual, que ha de ser siempre selectiva, minoritaria.
Es evidente que las posibilidades que ofrecen las redes sociales y sus aplicaciones reciben día a día más atención y no hay motivos para pensar que en un futuro próximo vayan a dejar de succionar el tiempo y energía que les dedicamos. Sin embargo, la amistad propiamente dicha, es otra cosa. Los vínculos emocionales -cálidos y entrañables- que atesoran quienes son amigos, surgen de la proximidad y se alimentan de la reciprocidad. De ahí que esa experiencia personal nunca puede ser multitudinaria.
Los amigos se eligen, no brotan ni se encuentran por doquier. El contacto y la cercanía de amigos desinteresados, de espíritu noble, nos permite ensanchar nuestro horizonte y vivir otras vidas, como sucede también con la literatura. Sin embargo, a diferencia de lo que sucede en la dimensión literaria, los amigos son personas reales, encarnadas físicamente, no personajes de ficción modelados y esculpidos por la imaginación del escritor.
En última instancia, el curso de la vida no solo se nutre de incertidumbre y pandemias o conflictos. La existencia está trenzada de proyectos, deseos, y a veces de frustraciones, pero nos ofrece también la oportunidad de salir de nuestro recinto perimetrado. Entre tanto, nos insta a compartir nuestras experiencias e inquietudes con otras personas, a las que consideramos como iguales, tal y como lo demuestra la existencia de la amistad. Hasta el punto de que sin amigos, nuestra existencia sería siempre deficitaria, menesterosa.
En realidad, la historia acredita que la condición humana no cambia tanto con el paso de los siglos, y la necesidad de contar con amigos y disfrutar de ellos, tampoco. Los necesitamos como el aire para respirar. Y es que, tal y como proclamaba Marco Tulio Cicerón, cuyas palabras resuenan a pesar de haber sido pronunciadas hace más de dos mil años, ¿qué cosa más grande que tener a alguien con quien te atrevas a hablar como contigo mismo?
F. Javier Blázquez Ruiz Catedrático de Filosofía del derecho, UPNA